El relato como forma de nostalgia
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J. D.Salinger (1919- 2010) |
Quizás la experiencia más singular de este
confinamiento, lo que no es decir mucho teniendo en cuenta lo insólito de la
propia reclusión, haya sido la lectura comentada y compartida de El guardián entre el centeno, la novela
de J. D. Salinger. Recuerdo hace años cuando el escritor norteamericano volvió
a ser noticia por su fallecimiento. Antes había dejado de serlo gracias a su
renuncia voluntaria a la publicación, a impedir que sus escritos escaparan de
su dimensión solipsista. En el momento de su muerte, que es cuando este tipo de
personajes vuelven a la vida provocando ríos de tinta, una proliferación poco
respetuosa con su deliberado perfil bajo, el escritor Alejandro Gándara –por
ejemplo– habló no muy elogiosamente de El
guardián entre el centeno, la novela que pasa por ser el opus magnum de Salinger, una obra que él
calificó, si no recuerdo mal, como Ilíada impúber.
Leyendo
ahora el libro de Salinger, mi parecido me remite al otro hito homérico, la Odisea, porque lo que hace Holden
Caulfield –más que el personaje, la voz de la novela– no es otra cosa que
regresar a casa, pero no sin perderse antes en el proceloso mar de la noche,
donde le aguardan sus lotófagos, sus sirenas, sus cíclopes o sus circes en
forma de padres, hermanos muertos, profesores pederastas, novias posibles e imposibles
y, en fin, un variado lumpen nocturno que incluye a músicos, prostitutas, taxistas
o proxenetas de hotel. La vida, lo mismo en la realidad que en la ficción, no
difiere de unos pocos relatos, y uno de ellos es el que Homero dejó fijado en
su gran poema épico. Cuando uno desafía a los dioses, como hizo Odiseo, como
hace Holden al escapar del colegio, no debe volver a casa, porque el regreso al
hogar no se realiza nunca en línea recta, sino en un arabesco de tiempo que
hace al héroe más viejo; lo suficiente para que el relato de su aventura sea
también el de su nostalgia, porque contar, en gran medida, es añorar. No cuenten nunca nada a nadie –nos dice
Caulfield en la despedida−. Si lo hacen
empezarán a echar de menos a todo el mundo. Y debe ser cierto, porque una
vez cerrado el libro, a él también empezamos a echarlo de menos.
Más
allá del relato homérico, la historia de El
guardián entre el centeno es en gran medida la de alguien que no sabe decir
adiós. Comienza su narración subido a una colina, presenciando un partido de
fútbol, buscando precisamente eso, una imagen que le ayude a despedirse de una
vida que no le gusta, y la termina en casa, postrado, añorando todo lo que ha
dejado atrás en esa huida, averiguando que lo que hay al final de la escapada
es un extraño sentimiento de pérdida.
Y
resulta curioso y hasta paradójico ese sentimiento en un ser como Holden Caulfield,
que ve el mundo como una gran mentira, un páramo de convencionalismos e hipocresía
que amenazan la integridad de una existencia salvaje como la suya. Porque eso
es lo que es el joven Caulfield, un animal salvaje, un ser libre que alardea de
sus propias mentiras para ponerse a salvo. En cierto sentido Holden se corrompe
para mantenerse puro, por eso inventa sus propios bulos, por eso juega e improvisa
la mentira con el deleite de un narrador oral. Y así es como va creando su nostalgia,
con un hilo de voz que da coherencia y encanto a la novela; con su oralidad,
que convierte el lenguaje en un rasgo idiosincrático; con su naturalidad
digresiva, que hace que el relato se improvise sobre la emoción en aras de
captar nuestro interés.
El guardián entre el centeno es un libro
que ha esperado largo tiempo en mi biblioteca el momento de ser leído. Ha sido
una larga travesía de años que, en realidad, no esperaban un momento, sino a
una persona. A través de esa persona, su lectura se ha convertido finalmente en
una experiencia novedosa, en algo que trasciende el hábito ya arraigado de la
lectura solitaria y silenciosa. Leer con los ojos del otro ha sido el gran reto
y el gran placer que me ha proporcionado la novela de Salinger. Curiosamente
ese reto placentero no surgió de la propia novela, sino de un mundo que el propio
Holden odiaba: el cine. Fue un insustancial biopic en torno a la figura del
autor de El guardián… el que nos llevó
a la lectura de la novela, el que se impuso en nuestra cotidianidad como una
cosa ridícula que nos inquieta y nos arrastra a un desahogo. Pero son las cosas
ridículas las que, a veces, nos llevan a la inspiración, las que
nos arrastran a ese Nullum esse librum tam
malum ut non aliqua parte prodesset que Plinio el Viejo descubrió precisamente en sus ratos de ocio,
tumbado al sol después de una comida ligera y sencilla.