La tragedia de la palabra, si hacemos caso
a Angélica Liddell, estriba en la banalidad que hace posible una acción.
Pensemos en Canetti, a quien Liddell cita: ″Ya no hay nada que hacer,
si de verdad fuera escritor debería poder impedir la guerra″. En esa
inmensa caja de resonancia que es la literatura, las palabras de Canetti me
traen el eco distorsionado de las de Emmanuel Carrère: ″Me gusta que la
literatura sea eficaz, me gustaría igualmente que fuese performativa, el
ejemplo clásico de lo cual es la frase: «Declaro la guerra»: desde
el instante en que la pronuncio, la guerra está declarada. Cabe sostener que,
de todos los géneros literarios, la pornografía es el que más se acerca a este
ideal, leer «te humedeces», te hace humedecer″. Entre la pornografía y la guerra, entre la humedad que busca Carrère y la
salvación que pretende Canetti, se abre ese abismo de banalidad que nos lleva a
la tragedia, a la verdadera herida del lenguaje, que supura esa facilidad
pornográfica para la acción cuando lo que busca es el milagro. El milagro
debería ser acción y sólo es frustración, responsabilidad irracional, dice Liddell, conciencia megalómana. Un escritor como Carrère se vuelve banal a través de
su éxito performativo, cuando consigue su objetivo de humedecer a su amante
haciéndole leer su texto pornográfico en el tren de La Rochelle. Y no sólo
banal, también eficaz; en su acción está la plenitud del tiempo convertido en acontecimiento. El acto es el viaje de la palabra al
cuerpo, o como sugiere Liddell, la distancia que va de Shakespeare a
Auschwitz, la misma que separa a un escritor que fabricó con palabras a todos los
hombres posibles de un siglo que se encargó de aniquilarlos ¡Y pensar que todo
eso se hubiera podido evitar leyendo a tiempo la nota anónima de Canetti,
transformando la lectura en el acto que separa la banalidad del milagro!