domingo, 5 de abril de 2009

Causerie

Francis Bacon. Tres estudios para una Crucifixión (1962)

A ciertas alturas de la vida (y la obra), algunos autores escriben opúsculos divertidos, fugas en contrapunto que son como hábitos de higiene personal, y la higiene empieza siempre mirándose al espejo. Como lector, me gusta participar de esos juegos, leer la fontanería de una obra en marcha, que tiene de recopilación lo que tiene de enmienda. Me gusta pensar también que esos libros tienen algo de cháchara informal, de causerie, palabra que no sólo alude a la anodina verbosidad, también al breve y ameno ensayo literario, al estilo Sainte-Beuve. Como parloteo recuerdo las Autobiografías ajenas, de Tabucchi, un libro menor, un libro que hay que tolerar con ternura, como las tardes grises de domingo donde se fraguan todas esas hipótesis vagabundas de las que habla el de Vecchiano, poéticas a posteriori, cargadas de falsas memorias y de falsas voluntades, portadoras de un sentido que nos esforzamos patéticamente en dar después a algo que sucede antes
Una de esas hipótesis es la que lleva a Tabucchi a investigar una conexión icónica entre El Beso, de Edward Munch y la fotografía de Kuligowski que ilustra su novela Si sta facendo sempre più tardi, para ello envía a sus heraldos hasta el Museo Munch de Oslo o hasta la Thielska Galleriet, en Estocolmo. Sin renunciar a la curiosidad, Tabucchi practica una interesada ignorancia, aquella que no quiere estropear un recuerdo o una creencia que le parecen bellos, por eso no es de extrañar que de estos rastreos vicarios, Tabucchi no extraiga certeza alguna referida al objeto de su búsqueda, si acaso dudas muy poéticas y supersticiones de letraherido, palabras para la causerie de un sábado dominical, como el que recientemente he tenido la ocasión de vivir en el Museo del Prado, de la mano de Francis Bacon.
La investigación de Tabucchi sobre Munch me hizo recordar la estrecha relación entre fotografía y pintura que hay en la obra de Bacon. En la fotografía, Bacon encontraba un catálogo de posturas para sus cuadros, así como un detallado estudio de la anatomía humana. A lo largo de su vida Bacon fue amasando un copioso archivo de imágenes fascinantes, un verdadero museo de los horrores (su taller), que albergaba a monstruos como Goebbels, Baudelaire o George Dyer, pero también miembros amputados, escenas de matanza, boxeadores, jugadores de cricket, toreros o manifestantes tiroteados en Petrogrado; cualquiera de ellos podía acabar siendo un grito o un pedazo de carne, lo mismo que el Inocencio X de Velázquez, cuadro que también conoció a través de fotografías. Pero no nos engañemos con tanto horror; la imagen, para Bacon, es un laboratorio de lo real, y su trabajo, de puro irracional, resulta trágico, pero también inofensivo, el resultado de encontrar en lo accidental lo inevitable. A su modo, Bacon es un oráculo…
Me pregunto ahora si para descifrar ese oráculo deberíamos hacer lo mismo que Tabucchi, refugiarnos en una interesada ignorancia y seguir así apreciando lo más reconocible, lo más trivial de la pintura de Bacon, su marca de autor: la violencia inerme de esos cuerpos salpicados en el lienzo. Hay que ser irónicamente fiel a aquello que amamos para que ese amor no nos convierta en individuos reverenciales y apocados. De ese modo, el interesado en la pintura de Bacon debería alejarse de ella de manera directamente proporcional a su amor o a su obsesión, tal como el propio Bacon hizo con el Inocencio X de Velázquez, y excusar así la peregrinación al Museo. Allí no encontrará el trabajo de un pintor, sino la obra de un matarife…