jueves, 11 de junio de 2009

Artist’s Shit

Piero Manzoni. "Merda d’artista" (1961)

Dice Bergman en sus memorias que su aportación más consistente a la historia del teatro son los retretes donde alivió su nervioso vientre. Con esta grotesca confesión derriba la cuarta pared y nos ofrece un sainete en el que el verdadero protagonista pasa a ser una duchampiana letrina puesta en medio del escenario tras recibir las evacuaciones del gran Bergman, los pecados de su demonio interior. En el fondo es una confesión no exenta de vanidad; nos presenta sus flaquezas sólo para que admiremos con cuánta determinación las combate, de qué modo resiste y vence agazapado en la repetición, la calma, el orden y el control férreo de su fragilidad. Ese era, en definitiva, el secreto de su arte (¿?), el de un niño que aprende a controlar sus esfínteres. Sabiendo estas cosas uno le acaba perdiendo el respeto a sus dioses y cae en el simplificador nihilismo, cosa muy sana, pues ningún amor debe ser reverencial… ni tampoco escéptico, porque el vacío siempre es más insoportable que la verdad, por terrible o ridícula que ésta sea.
Resulta difícil saber hasta qué punto estos padecimientos gástricos representan una limitación o una sublimación del (inmenso) arte de Bergman. Decía el controvertido y refutado Sainte-Beuve que para entender de verdad a un creador había que conocer sus relaciones con la religión, las mujeres, la naturaleza y el dinero; tal vez en el camino de ese conocimiento esté el excremento bergmaniano, que es como su miedo, ridículo, humillante, espeso y secreto, igual que su memoria cuando abandona el púlpito desde el que pontifica el artista. Desde la distancia del desengaño, veo en la autobiografía de Ingmar Bergman un préstamo tan deslumbrante e incómodo como la borgeana memoria de Shakespeare. Dudo que –como aventuraba el atribulado Soergel– uno pueda desembarazarse de su peso escuchando la estricta y vasta música de Bach, pero lo intentaremos…