sábado, 19 de septiembre de 2009

La muerte del autor

Foto: Weegee (1942)

Intento ponerme al día. Leo de nuevo viejos libros, y también reviso viejos papeles, en ellos hay algo tan inesperado como ese pasado familiar del que hablaba Pavese, algo que, sabiéndose antiguo, nos sorprende cada vez que volvemos a él, declarándose apto para la fantasía. Así ocurre con este texto de Jesús Marchamalo que encuentro por azar: «Cuentan los biógrafos que se levantaba temprano, se acercaba andando a una pastelería cercana a su casa, donde desayunaba, y dedicaba el resto de la mañana a un recorrido indolente, errático y distraído por las librerías de Palermo. Regresaba casi a la hora de comer, cargado con una bolsa de piel en la que llevaba los libros que había comprado, mezclados con verduras, frutas, y a veces bombones o golosinas (…). Silencioso y retraído, dueño de una gordura distinguida —llegó a pesar más de cien kilos—, Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa, llevó siempre una vida apacible y tranquila, acorde con su posición, en la que su único vicio era el tabaco, y su única excentricidad, hablar con sus perros en alguna de la media docena de lenguas que conocía. Nadie se explica cómo aquel hombre sin ambiciones, ya sexagenario y gravemente enfermo, se puso a escribir la que sería una de las grandes novelas del siglo XX, El Gatopardo».
Me llama la atención la estructura del texto, casi un relato policial, una micronovela negra. Ese “nadie se explica” que leemos hacia el final, anticipa un acto atroz, una resolución trágica que nos informa de que la vida, finalmente, no es más que la gestación de un acto definitivo que nos deconstruye y nos traiciona. En este texto Lampedusa, más que ese escritor casi póstumo que conocemos, parece el vecino amable que ayuda a las viejecitas a cruzar la calle y que de repente, sin saber cómo, se levanta una mañana y, después de prepararse un copioso desayuno, entra en el dormitorio, mata a su mujer y luego se pega un tiro. La inspiración y la acción, como apuntaba Aira en Varamo, forman una unidad, se juntan y se disuelven en el acto, se destruyen sin dejar huella, de ese modo la obra no vale como vindicación, se convierte en una anomalía, en una discontinuidad. La obra, al igual que el crimen, se alimenta como una larga frustración y, a menudo, se manifiesta como catástrofe. Esa frustración, esa privación, es todo su pasado. En toda obra hay algo de lo que Marcel Raymond atribuía al poema surrealista: un regreso al caos, una síntesis que se revela bruscamente, en un relámpago…