jueves, 16 de abril de 2009

Invitación al viaje

Edward Hopper, “Night Hawks” (1942)

Estoy parado delante del papel, hechizado sin hechizo (y sin palabras). De lejos parezco uno de esos personajes de Edward Hopper, detenidos ante el mundo, hieráticos y tristes, como si Dios –cualquier Dios– hubiese dejado de creer en ellos. No sé si esperan o se desvanecen. No sé siquiera si son lo que aparentan: halcones nocturnos, autómatas, destellos de luz en una habitación vacía… No me interesa su historia sino su punto de fuga, la intersección donde la mirada se corta con el infinito, lejos, muy lejos de los dormitorios y los salones donde aún escribo y que son como aquel café berlinés que evocaba Lea Goldberg en sus viajes imaginarios: un híbrido entre una sala de lectura y una fábrica de impotente amargura.
Supongo que ese punto de fuga es mi opio natural, mi invitación al viaje, por usar la expresión de Baudelaire. De él tomo esta pasión, esta sensibilidad ya decantada que me invita a partir sin moverme del sitio, alejándome de lo posible… Pronto sólo quedará de mí lo circunstancial, este aquí y este ahora inacabados… enraizados.
Invitación al viaje, invitación al mundo… mais il faut cultiver notre jardin, decía con resignación un Candide molido a palos por el mejor de los mundos posibles. Así terminan todas las historias, así se aplazan todos los viajes, cultivando un jardín o cantando la canción del Infinito en un gallinero, como decía aquel poema de Pessoa… Probablemente la horticultura sea el reverso cínico de la literatura de viajes. Hay quien descubre continentes y hay quien planta lechugas, y en ambas empresas espera gozar por igual del privilegio de poder ser él mismo y otro.
Entre un jardín y una ciudad extraña sólo cabe el tedio de esta hora infinita en la que escribo. Este es mi libro de viajes. En él no hay más aventura que esperar, y esperar me convierte en un observador (y en un nihilista). Mientras surge el acontecimiento que venga a destruir mi quimera, observo los matices de una realidad lenta como quien observa un cuadro. En él nada se mueve, ni siquiera el sonriente fumador que huyó del poema de Pessoa siguiendo al humo como a una ruta propia. Su postura relajada imita vagamente el contrapposto de una estatua griega. Finge el movimiento para que nuestros ojos se pongan en fuga, pero en realidad posa para decirnos que la verdadera curva de la felicidad es la curva praxiteliana. No hay más. Cualquier otra posibilidad se cruza en línea recta con el infinito, y con la pregunta que se hace el propio Baudelaire: ¿Viviremos alguna vez, alguna vez pasaremos a ese cuadro que ha pintado mi espíritu?.

domingo, 5 de abril de 2009

Causerie

Francis Bacon. Tres estudios para una Crucifixión (1962)

A ciertas alturas de la vida (y la obra), algunos autores escriben opúsculos divertidos, fugas en contrapunto que son como hábitos de higiene personal, y la higiene empieza siempre mirándose al espejo. Como lector, me gusta participar de esos juegos, leer la fontanería de una obra en marcha, que tiene de recopilación lo que tiene de enmienda. Me gusta pensar también que esos libros tienen algo de cháchara informal, de causerie, palabra que no sólo alude a la anodina verbosidad, también al breve y ameno ensayo literario, al estilo Sainte-Beuve. Como parloteo recuerdo las Autobiografías ajenas, de Tabucchi, un libro menor, un libro que hay que tolerar con ternura, como las tardes grises de domingo donde se fraguan todas esas hipótesis vagabundas de las que habla el de Vecchiano, poéticas a posteriori, cargadas de falsas memorias y de falsas voluntades, portadoras de un sentido que nos esforzamos patéticamente en dar después a algo que sucede antes
Una de esas hipótesis es la que lleva a Tabucchi a investigar una conexión icónica entre El Beso, de Edward Munch y la fotografía de Kuligowski que ilustra su novela Si sta facendo sempre più tardi, para ello envía a sus heraldos hasta el Museo Munch de Oslo o hasta la Thielska Galleriet, en Estocolmo. Sin renunciar a la curiosidad, Tabucchi practica una interesada ignorancia, aquella que no quiere estropear un recuerdo o una creencia que le parecen bellos, por eso no es de extrañar que de estos rastreos vicarios, Tabucchi no extraiga certeza alguna referida al objeto de su búsqueda, si acaso dudas muy poéticas y supersticiones de letraherido, palabras para la causerie de un sábado dominical, como el que recientemente he tenido la ocasión de vivir en el Museo del Prado, de la mano de Francis Bacon.
La investigación de Tabucchi sobre Munch me hizo recordar la estrecha relación entre fotografía y pintura que hay en la obra de Bacon. En la fotografía, Bacon encontraba un catálogo de posturas para sus cuadros, así como un detallado estudio de la anatomía humana. A lo largo de su vida Bacon fue amasando un copioso archivo de imágenes fascinantes, un verdadero museo de los horrores (su taller), que albergaba a monstruos como Goebbels, Baudelaire o George Dyer, pero también miembros amputados, escenas de matanza, boxeadores, jugadores de cricket, toreros o manifestantes tiroteados en Petrogrado; cualquiera de ellos podía acabar siendo un grito o un pedazo de carne, lo mismo que el Inocencio X de Velázquez, cuadro que también conoció a través de fotografías. Pero no nos engañemos con tanto horror; la imagen, para Bacon, es un laboratorio de lo real, y su trabajo, de puro irracional, resulta trágico, pero también inofensivo, el resultado de encontrar en lo accidental lo inevitable. A su modo, Bacon es un oráculo…
Me pregunto ahora si para descifrar ese oráculo deberíamos hacer lo mismo que Tabucchi, refugiarnos en una interesada ignorancia y seguir así apreciando lo más reconocible, lo más trivial de la pintura de Bacon, su marca de autor: la violencia inerme de esos cuerpos salpicados en el lienzo. Hay que ser irónicamente fiel a aquello que amamos para que ese amor no nos convierta en individuos reverenciales y apocados. De ese modo, el interesado en la pintura de Bacon debería alejarse de ella de manera directamente proporcional a su amor o a su obsesión, tal como el propio Bacon hizo con el Inocencio X de Velázquez, y excusar así la peregrinación al Museo. Allí no encontrará el trabajo de un pintor, sino la obra de un matarife…