jueves, 18 de junio de 2009

Modelo para armar

John Cheever (1912- 1982)

Imagino a John Cheever tal como Vila-Matas imaginó a Gombrowicz, asumiéndolo como uno de esos países exóticos que aparecen en el mapamundi, un territorio vasto, seductor y extraño, del que la imaginación puede extraer recuerdos bien documentados e incluso escribir novelas por delegación, con estilo alienado e imprevisto. Hay cierta magia en ser otro, una magia de homúnculo. Todavía no he leído los libros de Cheever, pero sé lo suficiente para hacer de él mi Gombrowicz, un ídolo de jade, un modelo para armar.
Sé, por ejemplo, que el mundo del que proviene Cheever es un infierno doméstico de culpas y fracasos, el martirio de un hombre que se mira en el espejo con ojos sartrianos. Imagino que, raspando un poco, aparecerán los deseos equívocos, las adicciones, la miseria moral, la infamia, los árboles oscuros y la luz dorada; suficientes balas para un escritor con pinta de asesino tranquilo. Si yo fuera un escritor osado, como el joven Vila-Matas, compraría todas esas miserias para hacerme un traje a medida y dejaría que mi escritura sucumbiera a sus propiedades tóxicas. Sería un escritor de cercanías, con una imaginación subalterna y un estilo apresurado. Escribiría en el filo de los lugares comunes y en el borde de los mapas, velado por el misterio de mi ídolo raro, cuya ocultación impediría que este juego de anticipaciones y casualidades se convirtiera en un plagio involuntario.
Pero no es comprensible este modelo sin esa solución final que es el momento de la lectura, cuando el estilo propio nos separa dramáticamente de la fascinación infantil, cuando ya no podemos confiarnos por más tiempo a las tutelas, los silencios y las necesarias postergaciones, cuando empieza el aprendizaje solitario y obstinado, el más allá: las precuelas de una larguísima nota de rechazo

jueves, 11 de junio de 2009

Artist’s Shit

Piero Manzoni. "Merda d’artista" (1961)

Dice Bergman en sus memorias que su aportación más consistente a la historia del teatro son los retretes donde alivió su nervioso vientre. Con esta grotesca confesión derriba la cuarta pared y nos ofrece un sainete en el que el verdadero protagonista pasa a ser una duchampiana letrina puesta en medio del escenario tras recibir las evacuaciones del gran Bergman, los pecados de su demonio interior. En el fondo es una confesión no exenta de vanidad; nos presenta sus flaquezas sólo para que admiremos con cuánta determinación las combate, de qué modo resiste y vence agazapado en la repetición, la calma, el orden y el control férreo de su fragilidad. Ese era, en definitiva, el secreto de su arte (¿?), el de un niño que aprende a controlar sus esfínteres. Sabiendo estas cosas uno le acaba perdiendo el respeto a sus dioses y cae en el simplificador nihilismo, cosa muy sana, pues ningún amor debe ser reverencial… ni tampoco escéptico, porque el vacío siempre es más insoportable que la verdad, por terrible o ridícula que ésta sea.
Resulta difícil saber hasta qué punto estos padecimientos gástricos representan una limitación o una sublimación del (inmenso) arte de Bergman. Decía el controvertido y refutado Sainte-Beuve que para entender de verdad a un creador había que conocer sus relaciones con la religión, las mujeres, la naturaleza y el dinero; tal vez en el camino de ese conocimiento esté el excremento bergmaniano, que es como su miedo, ridículo, humillante, espeso y secreto, igual que su memoria cuando abandona el púlpito desde el que pontifica el artista. Desde la distancia del desengaño, veo en la autobiografía de Ingmar Bergman un préstamo tan deslumbrante e incómodo como la borgeana memoria de Shakespeare. Dudo que –como aventuraba el atribulado Soergel– uno pueda desembarazarse de su peso escuchando la estricta y vasta música de Bach, pero lo intentaremos…

domingo, 7 de junio de 2009

Vida literaria

Imagen: Spencer Tunick

Hay varias formas de pasearse desnudo por un sueño. En la más angustiosa y humillante somos un trozo de carne, en la más misteriosa somos un pergamino. Aunque resulte paradójico, la literatura se parece más a la primera que a la segunda (más a la humillación que al misterio). La escritura nos deja en cueros, expone esa baja lujuria que, por fuerza, ha de permanecer anónima, tal como solicitaban para sí los escritos del entrañable Gesualdo Bufalino, porque en ella sólo hay un chisme privado redactado con trazo ilegible por un escritor apócrifo, a quien atenaza tanto la culpa como el enigma de la propia escritura.
Más de una vez he escrito en sueños una página que, al despertarme, no he podido recordar, porque los sueños no son como la vida literaria, en ellos no hay un orfeón de cuervos, pero sí algunas inquisiciones que convierten la escritura en una aventura siniestra, tal como le ocurrió al pobre Bufalino en su aciaga vida de escritor. La verdadera noche es la que no deja rastro, aquélla donde nuestra culpa se parapeta tras lo inédito, donde las palabras se borran después de que haya jugado con ellas el demonio de la analogía.
Es la hora. Llega la noche y las palabras, y luego el amanecer, que es una lengua muerta.