viernes, 25 de septiembre de 2009

Música triste

“In the Mood for Love” , Wong Kar-Wai (2000)

Anoche estuve viendo “Fa yeung nin wa”, de Wong Kar-Wai, cuya traducción literal (corrígeme, lector, si me equivoco) parece un pensamiento zen: "La magnificencia de los años pasa como las flores". Nada que ver con el alarde sentimental que sugiere ese “In the mood for love” que, no sé por qué, me remite a Duke Ellington. El tradittore vuelve a hacer de las suyas; entra en el jardín a oler las flores, pero termina pisoteándolas. “Casi todo el aroma de Bashō se ha perdido en la traducción”, se quejaba Octavio Paz mientras traducía al gran poeta japonés (quien por cierto tomó su nombre de un árbol).
Resulta extraño hablar de palabras perdidas (y de flores aplastadas) cuando el verdadero lenguaje de esta película se palpa en otras texturas, en el vals de Umebayashi, por ejemplo, cuya lentitud armoniza con la penumbra de aquellos rincones por donde ha pasado ya la vida, pero cuyo recuerdo nos parece todavía una promesa. Quizás no haya música mala (a diferencia de la literatura) si aceptamos que cualquier melodía ramplona es como la magdalena proustiana: el aleph de los días, el lugar donde las luminarias, las lámparas y los veneros de luz que se cobijan en nuestra memoria siguen ocurriendo.
También ocurre la música, insondable medidor de la tristeza, aunque con matices. Para Kazuo Ishiguro, una música verdaderamente triste tiene que ser una música celebratoria, en la que podamos imaginar a dos personas intentando alejar el dolor, sumergiéndose por un momento en las alegrías pasajeras de la vida; sumergiéndose en ese tiempo espectral del que hablaba Quignard, donde no hay relato y la muerte es sólo una oportunidad de placer. En lo espectral el tiempo del amor y el tiempo de la música se parecen; en ambos se diría que ya estemos muertos, como los personajes de In the mood, cuya historia ya ocurrió, pero cuya música aún suena, como los valses de Chopin, esperando el fin de fiesta.

sábado, 19 de septiembre de 2009

La muerte del autor

Foto: Weegee (1942)

Intento ponerme al día. Leo de nuevo viejos libros, y también reviso viejos papeles, en ellos hay algo tan inesperado como ese pasado familiar del que hablaba Pavese, algo que, sabiéndose antiguo, nos sorprende cada vez que volvemos a él, declarándose apto para la fantasía. Así ocurre con este texto de Jesús Marchamalo que encuentro por azar: «Cuentan los biógrafos que se levantaba temprano, se acercaba andando a una pastelería cercana a su casa, donde desayunaba, y dedicaba el resto de la mañana a un recorrido indolente, errático y distraído por las librerías de Palermo. Regresaba casi a la hora de comer, cargado con una bolsa de piel en la que llevaba los libros que había comprado, mezclados con verduras, frutas, y a veces bombones o golosinas (…). Silencioso y retraído, dueño de una gordura distinguida —llegó a pesar más de cien kilos—, Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa, llevó siempre una vida apacible y tranquila, acorde con su posición, en la que su único vicio era el tabaco, y su única excentricidad, hablar con sus perros en alguna de la media docena de lenguas que conocía. Nadie se explica cómo aquel hombre sin ambiciones, ya sexagenario y gravemente enfermo, se puso a escribir la que sería una de las grandes novelas del siglo XX, El Gatopardo».
Me llama la atención la estructura del texto, casi un relato policial, una micronovela negra. Ese “nadie se explica” que leemos hacia el final, anticipa un acto atroz, una resolución trágica que nos informa de que la vida, finalmente, no es más que la gestación de un acto definitivo que nos deconstruye y nos traiciona. En este texto Lampedusa, más que ese escritor casi póstumo que conocemos, parece el vecino amable que ayuda a las viejecitas a cruzar la calle y que de repente, sin saber cómo, se levanta una mañana y, después de prepararse un copioso desayuno, entra en el dormitorio, mata a su mujer y luego se pega un tiro. La inspiración y la acción, como apuntaba Aira en Varamo, forman una unidad, se juntan y se disuelven en el acto, se destruyen sin dejar huella, de ese modo la obra no vale como vindicación, se convierte en una anomalía, en una discontinuidad. La obra, al igual que el crimen, se alimenta como una larga frustración y, a menudo, se manifiesta como catástrofe. Esa frustración, esa privación, es todo su pasado. En toda obra hay algo de lo que Marcel Raymond atribuía al poema surrealista: un regreso al caos, una síntesis que se revela bruscamente, en un relámpago…

jueves, 17 de septiembre de 2009

Summertime

Se acaba el verano. Llega el momento de plegar velas. Una retirada a tiempo no es una victoria, sino un remedio contra la catástrofe. Dejo atrás las ruinas del verano y me pregunto quién tomará posesión de ellas. En los silencios y soledades otoñales cualquier rincón turístico puede convertirse en un lugar borroso, distante e impreciso, como la Fortaleza Bastiani o el Sanatorio Berghof. Allí queda atrapada la vida de aquellos que no saben retirarse a tiempo; pienso en escritores difuntos, como Casavella o Bolaño, que no regresaron jamás de sus bastiones veraniegos, ni siquiera al cambiar de estación. Se quedaron a vivir en ciudades fantasmas, en estaciones ilusorias, en vidas provisionales para las que no encontraron final. Se hubiesen salvado de haber sucumbido al saqueo de otro verano, al ruido y la furia de los turistas que regresan, así hubiesen podido sentirse como Hegel en el momento de terminar su Fenomenología del espíritu, justo cuando las hordas de Napoleón entraban a caballo en la ciudad de Jena. Asomados a la ventana podrían haberle gritado a una multitud festiva “He ahí la verdadera alma del mundo, la encarnación del espíritu absoluto” antes de salir corriendo.
Por un momento pienso que a mí también me gustaría refugiarme en ese patio trasero de la vida. Una ensoñación poderosa e imposible: una ensoñación trágica. Emprendo la retirada, pero antes de partir meto mis pies en el agua, correteo sobre la arena, fotografío mi sombra… El día se despide entre dos luces y yo remoloneo para no volver a casa. En otros tiempos tenía un voluminoso Trapiello a mano para ayudarme con estas ensoñaciones. El verano era el tiempo perfecto para caminar descalzo por el salón de pasos perdidos y detenerse en la intrascendencia. Nunca llegué a probarlo, pero imagino que la conjunción de leer una novela en marcha con los tobillos mojados y un ojo puesto en los desmayos del atardecer debe ser un verdadero placer epicúreo, íntimo y sobrio. Lejos de esa plenitud, me entretengo leyendo a Bellow antes de dormir. Su Mozart es como él: accesible al ingenuo. Resulta enternecedor y gratificante acceder a un autor sin tener que entrar por una puerta falsa. Me reconforta que ambos, Bellow y Mozart, sean asequibles a la ingenuidad y a la ignorancia y que ambas crezcan para volverse humildes, no monstruosas. Quizás no sea casualidad que Mozart fuera mi primer amor musical; un amor tardío y vicario, un amor imposible. El Eros mozartiano fue una epifanía y a la vez un testamento. Ahora creo estar más interesado en Bach. De aquel Mozart viene este Bach; el hijo que engendra al padre... Dice Miquel de Palol que Bach es “el generador de modelos formales más variado, profundo y estimulante de cuantos conozco, con la inaudita consecuencia de una intensísima emocionalidad. Es el autor de todo lo que como artista querría elaborar”. Me gustaría participar de esa ambición artística, asumir su reto, advertir su peligro: comprobar que, como cualquier conquista, Bach pasa a ser finalmente un deshecho; eso que al decir de Gándara es algo más que una debilidad: una forma de biografía. Espero completarla antes del próximo verano…