martes, 14 de diciembre de 2010

Contra la Belleza

Antoine Bouvard (1870-1956) Le Palais des Doges, Venise

La prensa de estos días reflejaba una vez más la subida de las aguas en Venecia. Nada anormal, a no ser por el registro de una nueva plusmarca anual (1,36 m). Como un atleta, el acqua alta se empeña en superar sus records para sobrevivirse a sí misma. Se desafía para que su propio esfuerzo no se convierta en rutina y de ese modo consiga hacer realidad aquella ensoñación de Paul Morand, quien, en sus años finales, se imaginaba una Venecia tragada por las aguas, con los últimos gatos de San Marcos refugiados en el campanile, con La Salute haciendo de boya para los cargueros y los hombres rana saqueando la caja fuerte de un Hotel sumergido en el Gran Canal. Así esperaba Morand sobrevivir a una ciudad que lo acogió primero como turista y luego como exiliado, después de que el espíritu geométrico de la Historia -ingenuo y falso, pero a la vez implacable- lo expulsara de sus márgenes. Acusado de colaboracionismo en la Francia ocupada de Vichy, Morand se exilió voluntariamente en Suiza (en Saint-Moritz recogería el testimonio furioso e ingrato de otra exiliada voluntaria: Coco Chanel), pero, si hemos de creerle, fue en Venecia donde encontró su verdadero refugio, el único lugar del mundo que no le decepcionaba nunca, y donde un esnob como él podía saciar su curiosidad infinita y continuar con su festín, en el que más pronto o más tarde (los años no perdonan) los corazones dejan de abrirse y los vinos dejan de correr, y todo ello sin que el niño Rimbaud tenga que sentar a la Belleza (una de las lámparas de Ruskin) en sus rodillas para llenarla de insultos. De eso ya se encarga el tiempo, el mismo que nos lleva desde la plenitud de quien aún no conoce ni ama ni siente nada hasta los grandes descubrimientos reservados a la vejez. Por ese camino Morand se va quedando solo, y su fiesta perpetua se instala entonces en el pasado, ya sin nostalgia, con el malestar de un reaccionario que sufre las arengas de los nuevos profetas (“Ayer escuchaba en Ginebra a Marcuse denunciando la felicidad «como objetivamente reaccionaria e inmoral»”), el nirvana de los primeros hippies y la ansiada carne de las mujeres, que se devalúa al ofrecerse como filetes. Leo las quejas del viejo Morand e imagino a un decadente Aschenbach acosado por estos efebos de nuevo cuño, escandalizándose él también de una época en la que el placer ha perdido su corrección de buena familia, el juego discreto y reprimido del deseo y la insatisfacción que, más que un suplicio, es un tenso respeto. De haber sobrevivido hasta alcanzar ese estado de confusión, Aschenbach hubiese tenido que impugnar su concepto de Belleza, tan altivo como ingenuo, y con un lamentable sentido de la transgresión que el tiempo vistió de nobleza para poder respetar así su originalidad. Morand, en cambio, vivirá lo suficiente para no tener que arrepentirse de nada, para mantenerse en ese orgullo, inamovible, sin nostalgia, consciente de que no hay errores, sino infidelidades de la suerte, fuerzas oscuras que mueven el tiempo a nuestro alrededor para hacernos saber que un adicto a la Belleza estará siempre condenado a vivir fuera del tiempo, en un lugar que, como Venecia, hace mentir a la naturaleza y la sobrepasa

jueves, 9 de diciembre de 2010

Crítica de cine

Imagen: "Viaggio in Italia"(1954). Roberto Rosselini
Veo de madrugada Viaggio in Italia, de Roberto Rossellini. Todo lo que ocurre en la noche está lleno de embrujo, pero también de sopor, y esa asociación no se resuelve nunca con una mezcla ponderada de ambos, sino con una escalada del esfuerzo que desemboca finalmente en la indolencia. Es necesario que la película duerma con uno, que descanse dentro de nuestro sopor sin angustiarse, para que luego ocurra el milagro de las imágenes que regresan como aquellos cadáveres rescatados de las ruinas de Pompeya, su molde de yeso restaurando la forma de un cuerpo que asoma a la luz desde la pureza blanca de su muerte…

martes, 7 de diciembre de 2010

Conocimiento y nostalgia

Estudio de Goethe en Weimar
Descubro el libro de J.P.Eckermann, Conversaciones con Goethe; son más de mil páginas, demasiadas para mi musculatura de lector. Tal vez me atreva con ellas, pero no ahora. La obra de Eckermann me remite a otro inabordable templo literario, la Vida de Samuel Johnson, de James Boswell. Dos monumentos biográficos, 3.000 páginas que se prefiguran como mi Everest de lector. Al pensar en ambos libros miro el calendario, a punto de doblar la esquina y entrar en el nuevo año. La felicidad de los comienzos, de la que hablaba Pavese… Ese tiempo por delante es la felicidad… y también la nostalgia. “Yo sólo tengo la nostalgia de la jungla. Kipling ha ido”, escribe Jules Renard allá por 1.900. Tal vez porque ya entonces no quedaba nada nuevo que descubrir, ningún espacio en blanco en el mapa, la única aventura posible es la nostalgia, esa enfermedad febril, esa angustia de la curiosidad, que encuentra en Baudelaire su producto más acabado. Me atrevería a decir que, ahora mismo, lo que menos me interesa de los libros de Eckermann y Boswell es la figura de sus biografiados. Me importa más el biógrafo en sí, su deformidad de confidente, albacea o detective privado. Me importa descubrir en su obsesivo relato la personalidad de quien escribe sin mundo ni verdad propios, sabiendo que lo mejor de sí mismos está en el porfiado escrutinio de otro ser. Más que una empresa literaria parece una obra de caridad, aunque no se sabe muy bien de quién con quién. En espera de futuras revelaciones boswellianas (y eckermannianas), pongo mi atención en los escritos de Juan Carlos Gómez sobre Witold Gombrowicz. La empresa gombrowiczida promovida como una cruzada por Goma, se me antoja el reverso paródico de la abnegada composición biográfica emprendida por Eckermann y Boswell. Es lo que ocurre cuando el biógrafo se convierte en un mero propagandista, o peor aún, en el sumo sacerdote de una religión absurda, alguien consagrado más al chisme y la venganza que al fiel testimonio. Sin duda hay algo monstruoso en la vida de un ser que se convierte en especialista en otro ser, eso más o menos me respondió en su día el fiel Goma cuando le interrogué a propósito de sus escritos gombrowiczidas, que llegaban puntuales a mi bandeja de correo, como la prensa del día, y que, como la prensa del día, sólo leí distraídamente. Recuerdo al respecto un curioso artículo de Vila-Matas que, leído después de mi peripecia gombrowiczida, se me aparece ahora lleno de presagios. En él V.M. decía sentir que todo lo referido a Gombrowicz le concernía de un modo misterioso e íntimo, no como nos concierne la lectura, sino como nos concierne el destino, por eso aquella relación fugaz que estableció con el fiel Goma -el amigo que el propio Gombrowicz despreció por carta- sólo podía acabar en catástrofe, como todo lo que se sostiene sobre una ficción (como dos Eckermann disputándose a un solo Goethe). Entre escritores, los encuentros no son otra cosa que un choque de ficciones que, a menudo, no se armonizan, sino que entran en conflicto, sobretodo cuando se disputan un legado. Lo inteligente, en estos casos, es hacer como V.M., o como el que suscribe, dejar de entrometerse en la vida, la soledad y los amigos del maestro, y retirarse a ese lugar donde la febril nostalgia hace aún posible el conocimiento.