miércoles, 12 de enero de 2011

En el nombre del padre

Juan Giralt (2004)

Decía Jules Renard que para un padre y un hijo es difícil comunicarse cuando el padre no quiere mandar hasta el extremo de la injusticia. En ese extremo debió de considerar Kafka a su padre (o más bien a la figura mítica del padre) y por eso escribió su célebre Carta con estilo «de abogado». A veces tengo la impresión de que de ese texto tan singular, escrito para no ser leído por su destinatario, para pasar de mano en mano como mercancía robada o, quién sabe, para darle forma ociosa a un pensamiento atormentado, surge una herencia literaria un tanto corrompida, en la que parece imposible hallar espacio para la conciliación y el perdón, como si en estos territorios lo más inmediato -el dolor- fuese también lo más necesario. Se diría que en la vieja sociedad patriarcal el escritor en ciernes, el hijo, necesita escenificar ese drama para romper el cascarón. En ese sentido la muerte del padre -y esto también se puede apreciar en el propio Renard- representa algo así como una ceremonia de traspaso de poderes, y ese poder que la muerte otorga, ese poder recien adquirido por el hijo, no sirve más que para escapar de la amonestación o del juicio severo de un padre que deja de ejercer como juez, pero también ¡ay! como protector. Me pregunto qué tono, qué estilo hubiese adquirido la carta kafkiana de haberse escrito en el lecho de muerte de ese padre terrible, tal como se escribieron aquellas páginas del diario renardiano, en las que primaba sobretodo el apunte impresionista y la contención emocional (la procesión va por dentro), pero también el deseo expreso de retener el tiempo, de sostener la fragilidad de esos momentos en los que surge un extraño remordimiento y nace un amor tardío. Encontré las respuestas en Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, un libro alumbrado por los rescoldos de ese amor tardío que, inevitablemente, es un amor fatal. Para conjurarlo su autor repasa primero el memorial de agravios que procede de la conflictiva relación con su padre, el pintor Juan Giralt, y luego se desliza hacia la compasión movido por la necesidad imperiosa de comprender, de saber de uno mismo y del otro, de saberse uno mismo en el otro, un conocimiento que se alcanza sin excesos retóricos, sin estilos de abogado o novelista. La verdadera expiación no ha de ser ajena a ese despojo, porque más allá sólo queda esa verdad emancipadora de la que, como bien sabía Kafka, sólo se puede extraer un éxito minúsculo.