lunes, 17 de enero de 2011

Un grave silencio

Ricardo Piglia
Nunca me han gustado los secretos, sólo los que uno mismo conoce y guarda (no me interesa el secreto si no me emplaza en un lugar privilegiado; saber algo que los demás ignoran). Los demás generan una expectativa casi siempre defraudada, o, en el mejor de los casos, la confirmación de algo ya sabido. Así los diarios de Ricardo Piglia. El extracto publicado hace escasos días en la prensa es apenas un atisbo de la totalidad, un conocimiento sesgado que no nos disuade de seguir imaginando el secreto. Sigo pensando que tiene más encanto el mito que el propio Piglia ha alimentado a propósito de sus diarios que lo que éstos revelan, pero no puede negarse que esta pequeña degustación resulta embriagadora. Hay en concreto una entrada referida a la escritura de libros póstumos que es como un pensamiento robado, algo sobre lo que he fantaseado en repetidas ocasiones. Si de secretos hablamos, no deja de resultar intrigante la fertilidad de los archivos de escritores como Roberto Bolaño, que sigue ganando sus batallas después de muerto. Al igual que Piglia uno empieza a ver en esa fertilidad la sombra de una conspiración. Y es que de algún modo la literatura es un complot. Trabaja en la sombra, produce en la oscuridad y su evidencia resulta siempre sospechosa, como sospechosa es la ilusión de pasado que alimenta. Esa línea oscura, ese grave silencio, como lo llama Platón, ese trazado tan tenue de la escritura como conspiración (la sospechosa invención de Teut) se puede rastrear en el Fedro, pero siendo como es Piglia un escritor argentino, es imposible obviar la vertiente política de esa naturaleza conspirativa que se remonta a Sarmiento, y que tiene sus estaciones intermedias en los relatos policiales de Borges, la non-fiction de Rodolfo Walsh o las novelas mayores de Roberto Arlt. Sus siete locos, que pensaban que destruir el mundo era una manera de reimaginarlo, reproducen en su conjura la expectativa última del lector, una ilusión paranoica…