martes, 21 de junio de 2011

Frascos desparramados sobre el tocador


De visita en una ciudad que también es hotel, parque (con ecos de jardín borgiano), clínica y -ahora- librería. Mientras tanteo posibles lecturas, me llega del piso de abajo la voz de un escritor en el acto de presentación de su libro. Desconozco su identidad. Es más, hago esfuerzos por desconocerla. Me intriga esa voz anónima, con marcado acento gallego, cuyo eco parece escapar por el hueco de alguna tronera, como si estuviera encerrada en una roca y no en una sala de conferencias. Mientras hojeo mis libros sólo llego a entender algunas frases sueltas, fragmentos de una homilía que parece insistir en esa felicidad segura y compartida entre quienes creen pertenecer a la religión verdadera (la literatura, claro). Me acuerdo de algo sobre lo que ya escribí aquí: el equívoco sobre el que se sostienen las relaciones entre el lector y el escritor, y en qué medida estos fragmentos de una conversación perdida hacen imposible ese malentendido al crear otro más inmediato y sentimental. En todo lo que se pretende feliz y/o afortunado ha de hacerse evidente el rastro de la sugerencia, también en la conversación, que encuentra en el equívoco ese artificio que, como diría Ovidio, embellece siempre que se mantenga en secreto…