miércoles, 29 de junio de 2011

Una pincelada azul y aciaga

Edward Hopper. A room in New York (1932)
Si tuviera que relatar este último y fugaz viaje a la capital del Reino no tendría apenas detalles para solventar la penuria del relato. Creo que era Nabokov quien auspiciaba ese plan B. Si el mérito del relato se cifra en la calidad de la historia, su posibilidad, en cambio, pasa por la creación de algo tan minucioso, tan detallado, que tome la apariencia de lo real. Se trata, en definitiva, de crear un cuadro estático y denso, como un paisaje que sirva de fondo para un drama irrisorio o siquiera para un simple posado, algo así como la versión paródica de un cuadro de Poussin, aunque mucho me temo que las circunstancias sólo dan para remedar una pintura de Edward Hopper, algo así como una habitación de hotel con las cortinas echadas, dejando entrar tan solo un hilo de luz, y tres personas repartidas por la estancia, en esa indefinida actitud, entre aburrida y triste, que tienen siempre los personajes hopperianos. Para romper el encanto que sugiere esta escena baste saber que ese pasmo se debe tanto al calor sofocante como al televisor encendido; ni rastro de la melancolía que Hopper recoge en ese esbozo de mirada y cuyo secreto parece estar en lo que hay más allá de la ventana. El voyeurismo, sin una mirada de pintor, como la de Hopper, deja de ser interesante y se convierte en algo invasivo, incluso para quien escribe, que es alguien que no sabe poner cotas a su intimidad, alguien que no parece saber lo que importa de uno mismo y lo que no, lo que puede contar y lo que debe callar.
Si pudiera manejar mi escritura con la perseverancia maniática del pintor, podría pasarme la eternidad mejorando ese cuadro, es decir, este párrafo, pero a la única perfección a la que me gustaría acceder ahora mismo es a esa especie de torpeza intencionada con la que Hopper simplifica los rostros de sus personajes, una torpeza que, al decir de Nooteboom, está hecha con un cuidado infinito, para no perder el carácter aciago de una escena como aquella en la que una mujer toca triste y descuidadamente el piano mientras un hombre lee distraídamente su periódico. A mí me gustaría que esta pincelada narrativa fuese igual de aciaga y torpe y que, al pasar desapercibida, revelara idéntico esmero al que Hopper puso en ese leve toque azul que conecta secretamente a la mujer con el piano. Me gustaría cambiar, pues, los detalles por El Detalle, en mayúsculas, y hacer así de la minuciosidad una torpeza concentrada e intencionada, pero me temo que aún estoy lejos de todo eso. La sencillez es una complejidad que nace del despojo, de la obra exigente, en tránsito hacia lo inacabado, y el viajero, en cambio, siempre retorna, siempre termina el relato, siempre consigue que, frente a la esmerada torpeza de una pincelada azul, la sencillez de su gesto resulte retórica…