martes, 10 de enero de 2012

Ronda muerta

T.S.Eliot (1888-1965)

He vivido estos últimos días en una extraña simbiosis con Exit Ghost, la novela de Philip Roth. Como este Zuckerman terminal, yo también he vuelto a casa para recordar, padecer y vivir momentos impetuosos, y como Zuckerman, me he dado cuenta también de que, a ciertas edades, los momentos impetuosos sólo pueden ocurrir en la página. Así es, a ciertas edades la realidad se vuelve grotesca, y uno, para conservar su dignidad, ha de hacerse el tímido. La dignidad es una vida secreta.
A ciertas edades, digo… Hay un pasaje de la novela de Roth que cita un fragmento de Little Gidding, uno de los Cuatro cuartetos de Eliot, en el que el poeta recorre las calles solitarias al amanecer tal si caminara por el infierno dantesco, allí se encuentra un espectro familiar y compuesto dispuesto a revelarle los dones reservados a la vejez. En ese punto Zuckerman olvida, como si quisiera evitar lo explícito, y esa omisión le sirve además para amplificar la sutileza del párrafo escrito. Lo miraré cuando vuelva a casa, escribe… Eso hice yo también al volver a casa, abrí mi vieja edición de los Four Quartets, y leí: Estos son los dones reservados a la vejez que coronarán el esfuerzo de tu vida:

1. En primer lugar la fricción fría del sentido/ que sin atractivo expira, sin otra/ promesa que la amarga insipidez de la sombra/ de un fruto a medida que se alejan alma y cuerpo.
2. En segundo término la impotencia, / consciente, de la rabia ante el desatino humano/ y la risa lacerante de lo que ha dejado/ de divertirnos.
3. Y al fin el tormento/ de repetir cuanto uno ha hecho y sido; / la vergüenza de comprender los móviles tarde, / la conciencia de haber obrado mal/ y en perjuicio ajeno creyendo ejercer/ la virtud (*).

Sin duda Roth y su alter ego Zuckerman conocen bien estos dones, ese honor manchado, incluso sin leer a Eliot. Y para ello no basta con envejecer. Cada vez que hablan bien de nosotros omiten ese conocimiento, esa amarga trinidad del sinsentido, la impotencia y la repetición, esa falsa virtud que, en cualquier caso, no consiste en nada más que en haber llegado vivo al momento de la revelación, al solitario paseo matutino acompañado de un espectro familiar que ejerce de viejo maestro. Al viejo Zuckerman sólo le falta eso, el paseo de una ronda muerta -We trod the pavement in a dead patrol, escribe Eliot-. Lo demás ya estaba ahí, inapreciable, invisible, como el poderío de Occidente inscrito en el Obelisco de la Place de la Concorde, aquel monumento señalado por Walter Benjamin como punto neurálgico de un bullente e indolente tráfico espiritual. En ese sentido, también la revelación del espectro eliotiano es un oráculo astuto que Zuckerman, para conservar su efecto, envuelve piadosamente bajo el manto del olvido.
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(*).-T.S. Eliot, Cuatro cuartetos. Ed. Cátedra. Traducción de Esteban Pujals Gesalí