miércoles, 9 de febrero de 2011

Tráfico espiritual


He estado leyendo algunos testimonios sobre la triste peripecia de Walter Benjamin en Portbou; aquel precipitado suicidio de un hombre y su maleta de manuscritos. La muerte es un dato, pero si ponemos en ella a un hombre desesperado por cruzar una frontera y adivinamos el tono gris de su última mirada a las cosas -no muy lejos del lugar donde Matisse buscaba colores puros-, ya tenemos en esa muerte algo de la propia: nuestra mirada sobre el abismo. Esa mirada es la que le falta a Cees Nooteboom cuando visita el monumento a Benjamin en el cementerio de Portbou. A pesar de asomarse a un tunel de planchas de acero que da la impresión de desaparecer en el suelo (…), una especie de pasillo que conduce en pendiente hasta un farallón de roca, Nooteboom describe el monumento a ras de suelo, con una mirada desapasionada y fría en la que se hace patente la desolación de quien en verdad está ausente, de quien reposa anónimamente, lejos del lugar donde se le honra. Con ese desapego Nooteboom parece haber captado perfectamente el espectáculo ciego de toda monumentalidad, el mismo que el propio Benjamin encontraba, por ejemplo, en el Obelisco de la Place de la Concorde: «El primer imperio cultural de Occidente llevará un día, en su centro, el monumento que conmemora su poderío. ¿Qué aspecto tiene, en realidad, esta gloria? Ni, una sola de las diez mil personas que pasan por aquí se detiene; ni una sola de las diez mil personas que se detienen es capaz de leer la inscripción, Así cumple cada fama con lo prometido, y no hay oráculo que la iguale en astucia, Pues el inmortal está allí como este obelisco: dirige un tráfico espiritual que bulle a su alrededor. Y a nadie le sirve ya la inscripción en él grabada».
Lo más cerca que he estado del monumento/tumba de Walter Benjamin es en el Pasaje Gutiérrez, en Valladolid, adentrándome inocentemente en ese corazón de ciudad que, al decir del pensador alemán, guarda dentro de sí una revelación de decadencia futura. Sin duda nuestra existencia contemporánea rebasa con mucho ese periodo de decadencia señalado por Benjamin, que se remonta a una época, finales del siglo XIX, y a un espacio, los Pasajes parisinos, que son a Benjamin lo que la magdalena a Proust, lugares donde reconstruir la experiencia sensible. Cuando uno llega a ese corazón tiene que sentir por fuerza un escalofrío; acaba de entrar en el fin de la Historia y lo sabe. Está ante otra tumba, en un mausoleo recoleto, no muy concurrido, sentado en alguno de los cafés que vigilan las entradas del pasaje (casa con dos puertas…), paseando la mirada por los escaparates vacíos, tapiados con papel de celofán, oyendo los propios pasos, que resuenan como palabras que sabemos de memoria... Hemos venido aquí a escucharlas, o eso dice Nooteboom; hemos venido a dar nuestra aquiescencia, a estar cerca de las palabras que ya se han dicho... Nuestra proximidad les da una sonoridad distinta, las convierte en testimonio de ese instante que, al anunciar su muerte, advierte al fin nuestra presencia.


[P.S.: El Círculo de Bellas Artes presentaba en estos días tres exposiciones paralelas bajo el título "Constelaciones", en una de ellas se incluía este estupendo video. Que lo disfruten]