martes, 15 de febrero de 2011

Interiorismo

L.Wittgenstein. Kundmanngasse,Viena
Asegura Vila-Matas que hay un llamativo paralelismo entre el interior de nuestra casa y el de nuestro cerebro, y en esto, ya se sabe, hay de todo, cerebros que son verdaderos espacios paradójicos, como los cuadros de Escher, y otros que remedan la pomposidad de un palacio versallesco, con su planta en U, sus alas retranqueadas o su galería de espejos. La mayoría, sin embargo, acomodan sus pliegues a las reducidas dimensiones de un piso de protección oficial, donde la ausencia de raros detalles estéticos como los que V.M. encuentra en la Kundmanngasse de Wittgenstein, no excluye la presencia de pensamientos terribles. Al leer el texto de V.M. pienso en la habitación de hotel en la que penaba el ingenuo y atormentado Barton Fink de los hermanos Cohen, enfrentado a las miserias de un Hollywood kafkiano y al terror de la página en blanco, un abismo tan seductor e impenetrable como un cuadro de Rothko. Un escritor sabe que no hay interiorismo más radical que ese y que si no es capaz de vestir la página corre el riesgo de dejar su cerebro a la intemperie, durmiendo debajo de un puente. El escritor asalariado se gana su confort conquistando su infierno, como los guionistas de Hollywood, entre los que estuvo el mismísimo William Faulkner trabajando a diestra y siniestra; una mano para el cine y otra para sus novelas. No se sabe muy bien cómo el cerebro de Faulkner, moldeado como el de una vieja mansión sureña, con grandiosas balconadas, porche cubierto y mecedoras movidas por la brisa, logró sobrevivir en el páramo hollywoodiense. Su pesadilla contrasta con el encierro apacible y combativo (valga el oxímoron) de la misteriosa Virginia Woolf; su cerebro acomodado a las dimensiones de un cheque de quinientas libras anuales que significan poder de introspección y una cerradura en la puerta para poder pensar por uno mismo.