miércoles, 6 de febrero de 2013

Mutaciones

Imagen: “La llave” (1959), película de Kon Ichikawa basada en la novela de Tanizaki
No recuerdo dónde leí que uno escribe un diario no tanto para fijar lo que vive o recuerda sino más bien para comprobar en qué se está transformando. El diario es un cambio de piel, un lugar de transición, una mudanza de nuestro registro vital que, numeroso en páginas, engendra una figura borrosa y mutante. En La llave, deliciosa novela de Junichiro Tanizaki, el juego de transformaciones en que marido y mujer se embarcan con la redacción (y ocultación manifiesta) de sus respectivos diarios da cuenta de un erotismo transgresor en el que se percibe, entre otras cosas, la progresiva occidentalización del Japón tradicional, el abandono de sus costumbres, arraigadas en el espacio sombrío que el propio Tanizaki glosó en su memorable Elogio de la sombra, más que elogio elegía donde se canta y se cuenta esa oscuridad que hace de la transgresión un ritual decadente, pero no una profanación, algo que sí ocurre en esta novela, donde el marido, por ejemplo, sacia su fetichismo exponiendo desnuda a su embriagada y dormida esposa a la luz fluorescente de una lámpara. Lo que el cuerpo pierde en esa transición entre la sombra y la luz es algo más que el pudor, un atavismo del que no sale indemne, algo que lo vuelve frágil y quebradizo, aproximándolo a la muerte. No es extraño, pues, que en el camino apresurado del placer se cruce la enfermedad; los vértigos crecientes del marido, los esputos sangrantes de la mujer, de los que sólo al final sabremos que son una mentira inscrita en sus temerarios juegos de erotismo y caligrafía. La llave tiene dos narradores, pero al final la propia historia escoge a uno solo para contar la verdad. La mujer aparece en las últimas páginas como superviviente y como voz única del relato (la verdad exige siempre una única voz); en esos momentos su narración se parece a la confesión de un asesino, alguien a quien sólo podría salvar la afectación y el disimulo, tal como le ocurrió a Tolstói cuando le dio a leer a su mujer, en la víspera de su boda, las páginas de su diario de juventud. Esa lectura desató un horror perverso en la conciencia del escritor ruso, una duplicidad en su escritura íntima, dos versiones de sí mismo que inician no un juego, sino un verdadero enredo, una comedia en la que sus protagonistas cruzan la puerta giratoria de un escenario donde muestran lo risible y lo terrible de su vida secreta. Siempre me ha parecido que, de algún modo, la escritura es una delación, y el lector, entonces, debería ser como aquel policía filósofo del que hablaba Chesterton, alguien que aseguraba que leyendo un libro de sonetos se podía adivinar un crimen futuro. En ese sentido, un diario bien pudiera ser como un libro de sonetos, un lugar donde nos transformamos, pero también donde nos ponemos en peligro, una mentira confesada que, como les ocurre a los personajes de la novela de Tanizaki, nos atrae hacia la sombra de la muerte.