lunes, 19 de julio de 2010

Amor verdadero

Federico Fellini en el casting de Casanova

En esa pequeña joya literaria que es Un cuarto propio, Virginia Woolf describía a la perfección el lugar equívoco que la mujer ocupa en la imaginación del hombre; el lugar de una existencia mínima, casi inapreciable, en el que crece un monstruo hermoso y horrible en extremo, tan importante para la imaginación como insignificante para la vida. El tiempo se ha ocupado de hacer algo de justicia proporcionándole a un buen número de mujeres dinero y cuarto propio, algo que a Virginia Woolf le resultaba extremadamente valioso como mujer, pero más aún como escritora. En la imaginación del hombre, sin embargo, la mujer sigue ocupando el mismo lugar velado, aquel que por piedad o miedo oculta a un monstruo. Se diría que este espacio de progreso está pendiente de un verdadero pensamiento negativo, algo parecido a aquel bárbaro ascetismo que Adorno reclamaba para restablecer la ausencia de barbarie. Me arriesgo a decir que Virginia Woolf veía al poeta incapaz de esa barbarie redentora, naciendo como nace su poesía de una semblanza incompleta, de un ser desconocido, objeto de un amor que sin querer se convierte en la expresión más sublimada de esa dominación. Me vienen ahora a la memoria unas palabras de Fellini que parecen corroborar esa impresión. Decía el de Rímini que no podía amar a las mujeres porque lo que en realidad amaba era una idea fantástica de las mujeres… por eso tal vez las puso de nalgas para hacer el interminable casting de La città delle donne, ese elegíaco, divertido y por momentos bochornoso delirio con el que Fellini parece querer congraciarse con el bello sexo, cosa que no consigue, porque cada vez que quiere pedir perdón, Fellini ofende con sus disculpas. Mejor le sale la autocompasión, esa tristeza sonriente del macho declinante que encarna un histriónico Mastroianni. El intento de comprender a las mujeres por parte de Fellini resulta un fracaso clamoroso porque no va más allá de la belleza, como el amor de los poetas, para quienes las mujeres son preciosos misterios que, vistos de cerca, resultan triviales zarandajas domésticas (Pavese dixit)…