martes, 30 de noviembre de 2010

Marcar el paso

L'Inhumaine, film de Marcel L'Herbier (1924)

Un hombre de genio no sabe estar en su tiempo, se adelanta o se atrasa, como un reloj desajustado, presa de la innovación o el anacronismo. En un desfile pierde siempre el paso, quedando en evidencia ante la búsqueda de su propio rigor, cuya naturaleza nos resulta esquiva. Pienso, como no, en Jules Renard, un escritor en el que se aúnan, entre otras cosas, los más altos logros del humor surrealista (“Mi alma es un orinal viejo en el que duerme un ojo”) con las más elementales verdades del moralista; Blaise Pascal y Gómez de la Serna, todo en uno. Sorprende que a un hombre como Renard, dedicado a buscar la verdad debajo de las piedras, le tentara (y mucho) el desfile de las Academias, su paso marcado. Y sorprende aún más que esa aspiración no se viera comprometida por una especie de ceguera selectiva que le llevó a despreciar, por ejemplo, el teatro, la pintura o la música de su tiempo. No se lo reprocho. En el patio de butacas uno tiene la sensación de encontrarse a menudo en un medio extraño, sufriendo con un placer que se le impone o que, simplemente, no le es dado descifrar. Renard se acerca a la música como a un animal salvaje, con miedo de sí mismo y de la beata admiración de los demás. Tal vez pretendía que su miedo fuera universal, pero es sólo el secreto que le confiesa a su orinal viejo. Aún así se declara conmovido por la voz de Georgette Leblanc, mujer prolífica, amante de Maeterlinck, escritora de biografías y libros infantiles, actriz de cine y cantante, a la que Renard debió escuchar interpretando piezas de Schubert, o más probablemente aún, de Massenet; tampoco importa, porque lo relevante de su presencia es hacer que la música resulte invisible y el miedo libre, como la ignorancia, montados ambos en la zozobra de una barquita que cabalga sobre olas enormes. El teatro, por su parte, ofende el pudor de la pequeña y discreta vida de Renard con la impostura de los grandes dramas, y aquí no parece haber una Georgette Leblanc que prolongue en un gesto concluyente el rastro invisible de la música. La gran Sarah Bernhardt no vale, es un dios engreído cuyos aspavientos reproducen la estridencia de una orquesta mal afinada… Antes de zozobrar de nuevo en su butaca, Renard confiesa, con cierta indulgencia, que sólo está dispuesto a tolerar el ballet y los dramas de Wagner; los prefiero -dice- porque expresan la vida de otro mundo… Está visto que el miedo que ilustra a Renard no es en absoluto sobrenatural, proviene de aquello que no comprende y que, en el peor de los casos, sólo puede avergonzarle. Tal vez su escritura precisa nazca en parte de esa limitación y de ese desajuste, así que no debemos lamentar en ella la falta de música o el exceso de sinceridad. Al fin y al cabo el único que se significa en la fila es aquel que no sabe marcar debidamente el paso…

L'inhumaine
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lunes, 29 de noviembre de 2010

Tutelas

Claude Monet, Le Petit Ailly, Varengeville, plein soleil (1897)

Un reciente artículo de John Berger sobre Monet (“Monet pinta la fachada de la catedral de Rouen treinta veces, y en cada lienzo capta una nueva transformación, las diferencias producidas por el cambio de la luz. Pinta los mismos dos almiares veinte veces. En unas ocasiones se queda satisfecho; en otras, frustrado. Sin embargo, sigue buscando algo más, decidido a ser cada vez más fiel, pero ¿a qué? ¿Al momento que pasa fugaz? Creo que Monet, como muchos otros artistas innovadores, no sabía en qué consistía exactamente su innovación. O, para ser exactos, no sabía cómo llamar a lo que había logrado. Solo alcanzaba a reconocerlo intuitivamente, para luego volver a dudar”) me devuelve un viejo pensamiento: la tutela inconsciente del genio en la creación artística. Quizás convendría profundizar en lo que Agamben escribe a propósito de ese viejo dios tutelar en sus Profanaciones, ese Genius que no somos nosotros, que es la vida en nosotros, haciendo y deshaciendo a su voluntad y no a la nuestra, dando lugar a algo que tiene representación, pero no necesariamente significado, como el lienzo de Monet referido por Berger. Contra lo que solemos pensar, el genio es un ser desvalido, alguien que no se hace acreedor de ninguno de sus logros y que sólo puede alegrarse de haber sido escogido por ese dios a través del cual lo impersonal se manifiesta, en tensión dialéctica con la vida y la obra. Por supuesto, no sólo de arte vive el Genius, pero es ahí, en el arte, donde tal vez se nos hace más imposible emanciparnos de su tutela, porque el arte, al igual que el dios, no pierde jamás su misterio. Sería tremendamente consolador que el rastro hiriente de nuestras palabras y nuestros actos señalara el camino de regreso hacia ese dios, o por decirlo de otro modo, que el genio fuera el garante de nuestra inconsciencia. Pero la presencia del genio, como apunta Agamben, es como la de un ángel tutelar, una magia residual, un rasgo de ingenuidad que sucumbe al carácter, que es quien, a fin de cuentas, define el estilo de un autor y la gracia de cada criatura.

martes, 23 de noviembre de 2010

indulgere Genio

Italo Svevo (1861-1928)
Tras un momento de exaltación suele venir un periodo de brumoso silencio. La escritura, en ese sentido, no deja de ser otro de esos trastornos bipolares. En plena curva descendente uno se deja atrapar por pensamientos oscuros, con cierta ingenuidad, creyéndose eso que Italo Svevo apuntaba en su Zeno; a saber: que la muerte es un instante de placer, como el acto sexual, y que lo primero que uno hace, después de morirse, es fumarse el cigarrito de después y disolverse en ese humo. La sabiduría del entrañable Zeno está ligada a esa hipocondría. Lejos de amonestarse como enfermo imaginario, uno se compromete con ese nosce te ipsum que adopta la apariencia ingenua del arte, un compendio de vida y dolor, como el que encierra el monstruoso canto de una muchacha humilde, y el peso de un conocimiento atroz; el de quien lleva la muerte como el genio, prendida de su indulgencia…

martes, 16 de noviembre de 2010

Concesiones

Carl Theodor Dreyer (1889 – 1968)

"Las películas populares cumplen una gran misión. Los que viven hacinados esperando una luz en su corazón pueden vivir en esa película toda una semana. Sería insensato y arrogante pensar sólo en el arte, pues el mundo sería muy aburrido. Y algunos encontramos placer en ver las películas que no son tan buenas. Con una envidia mal disimulada miramos los cines abarrotados con esas películas populares"… Viniendo de Dreyer, esta confesión es algo más que una mera concesión que el arte le hace al entretenimiento. Es toda una declaración de amor. El compromiso de Dreyer con su medio de expresión, a todos los niveles, manifiesta una pasión sin límites, inmune a las limitaciones de quien sólo frecuenta el esfuerzo (la lucha inútil del orgullo frente a la impotencia). Para los que carecen de talento, el arte tiene ese fundamento estajanovista. Lo sabía muy bien Jules Renard: Hay que seguir escribiendo siempre, pero nuestra pluma se pasea entre las flores como una abeja hastiada… Por algo se empeñó en convertir la voluntad en una pasión inútil, en una ensoñación romántica, en un escrúpulo…

jueves, 4 de noviembre de 2010

Sesión continua


En lo material, el mundo que Georges Perec retrata en Las cosas (1965) tal vez pertenezca ya al museo más que a la realidad, pero las estrategias pequeñoburguesas que lo construyen y lo dotan son sin duda perdurables, y lo que es peor, progresivas. Forman parte de ese modo de vivir insatisfecho en el que cada conquista revela una carencia nueva, siendo la ausencia de pasado la más evidente de ellas. Lo que más frustra a un rico, viene a decir Perec, es haber tenido que conquistar su status, no haberlo sido desde siempre, desde antes ya de serlo, de forma inmanente, por eso, a la hora de fundar mitologías, los personajes de Perec se reconocen esencialmente en el cine. Uno ha crecido también con el cine, pero no ha nacido con él. Pertenece por tanto a una generación que no puede saltarse sus protocolos y sus periodos de aprendizaje. Esta obligado a conquistar sus dioses y su pasado en una época demasiado fragmentada para alimentar sueños de totalidad, y ya no espera la irrupción de un arte nuevo que sea también un arte propio, fundado con los nuevos balbuceos de su generación, y en el que todavía se le permita a uno ser ecléctico o sectario, como los miembros del disparatado club que quiso tanto a Glenda Garson. Así, las viejas películas se le antojan objetos suntuosos que están ahí, a un paso del museo o del catálogo, como un repertorio flaubertiano que, después de someterse a la estupidez y la curiosidad de un par de hilarantes y ávidos copistas, se enfrenta ahora al gusto ambiguo, la inexperiencia y el respeto torpe de quien ha de conquistar por vez primera su riqueza.

martes, 2 de noviembre de 2010

Un Sócrates mugriento

El despiadado retrato que Renard hace de Verlaine: “El horroroso Verlaine: un Sócrates taciturno y un Diógenes sucio; con algo de perro y de hiena (…) Parece un dios borracho. Lo único que queda de él es nuestro culto. Sobre un traje andrajoso (…) una cabeza de piedra sillar en demolición”. Y sigue… En este apunte veo una perfecta metáfora del estado de la poesía en una encrucijada de siglos. Es como si el paso de Rimbaud por la vida y la obra de Verlaine hubiera dejado a la poesía misma en un lamentable estado de ruina física, apuntando a la desolación naciente de Mallarmé, ese poeta que, en palabras de Robert Lowell, tuvo la fortuna de encontrar un estilo en el que fuera imposible escribir…

lunes, 1 de noviembre de 2010

Pecados capitales

Cyril Connolly por Richard Avedon

Cuando en 1961 el Sunday Times promovió entre diversos escritores una serie dedicada a los siete pecados capitales, Cyril Connolly escogió su pasión bibliófila para ilustrar la codicia. El resultado es La caída de Jonathan Edax, un delicioso relato que no figura entre lo más granado de su autor, pero en el que Connolly se permitió ajustar cuentas con una pasión, la bibliofilia, que, asegura, no es más que una forma de arruinar el gusto por la literatura (hay otra: la crítica literaria). No es de extrañar que Connolly se mire a sí mismo con ojos viciados; toda su obra está guiada por el desencanto de quien desea algo que no puede conseguir, en su caso escribir una novela. Connolly escribió dos, una de ellas inacabada, pero no es por esos intentos narrativos por lo que se le recuerda -si es que se le recuerda-, sino por su obra crítica y memorialista, por esos dos libros, Enemigos de la promesa y La tumba inquieta, que escribió con aprensivo y errático cálculo de profeta, especulando sobre su perdurabilidad (en ese sentido Connolly es el primer escritor que conozco que le haya puesto fecha de caducidad a sus obras). Sin duda Connolly apuntaba bajo; su disparo no llegaba más allá de una década, aunque no resulta creíble este cálculo en una profesión, la de escritor, impulsada por la vanidad y la necesidad de éxito. Que Connolly fuera un hombre despiadadamente lúcido, como le corresponde a cualquier melancólico, no impide que esperara algo más de sí mismo, o eso al menos quiero pensar. Ahora que le estoy dando vueltas y revueltas al Diario de Jules Renard, me pregunto en qué medida participan ambos, Renard y Connolly, de esa modernidad que ha llegado hasta nuestros días como un fragmentado mosaico de ideas que se realizan al margen de las grandes construcciones narrativas, en pequeñas iluminaciones que quizás no perduren reposadamente en el calendario, como casi todo lo muerto, pero que al menos se mantienen en tensión mientras se decide su suerte. Gran parte de lo que aprecio vive así, en agonía perpetua, y eso me hace prestarle más atención, como si en lugar de leer estuviera cuidando a un enfermo. Los melancólicos encontramos placer en esto, en nuestros pensamientos mórbidos, en nuestra codicia. Sabemos que lo que nos da placer es también lo que nos hace daño y queremos poseer todo aquel dolor que pueda deleitarnos. Algo así le ocurre al singular Jonathan Edax, cuyo pecado capital se desarrolla en un mundo -el de la bibliofilia- en el que la perversidad sirve sobretodo para poner orden y crear una ilusión de totalidad. En ese sentido, Edax es un héroe dotado de ese pathos específico que Walter Benjamin atribuía a todo coleccionista, una sensibilidad ligada a la creación de un patrimonio, a la conservación de la memoria y a la transmisión de su legado. Será por eso que, a pesar de su inclinación a la manipulación, la traición y el robo (lo mismo una primera edición de Auden o Yeats que una tetera georgiana), yo sólo veo su mundo desesperado, siempre al borde de la pérdida, como la cultura, perpetuándose ambos gracias a un linaje de codiciosos…