martes, 8 de marzo de 2011

Suicidios ejemplares

Lucia Joyce (1907-1982)
Mientras leo una entrevista con Ian McEwan me pregunto si es cierto eso que dice, si en verdad hay una literatura heroica con voluntad de serlo. Él menciona el ejemplo más radical de todos, al menos en el campo de la narrativa, el Finnegans Wake: «una carga heroica en un callejón sin salida». Su definición no podría ser más precisa, una obra que es una especie de misión suicida en la que el héroe -Joyce- se gana nuestra admiración a costa de perder nuestra empatía. Lo que no nos cuenta McEwan es que el verdadero destino de esa inmolación no es otro que la inadvertida gloria, como le ocurría al Obelisco de la Place de la Concorde observado por Walter Benjamin (ya hablamos aquí de eso), el tráfico espiritual de una legión de lectores que consagran esa obra en un lugar privilegiado pero poco frecuentado de sus bibliotecas, tal si levantaran una estatua invisible en el centro de una plaza imaginaria… Tal vez McEwan tenga razón y la literatura necesite transmitir algo de forma inmediata para generar esa empatía que, en cuestión de estilo, sólo tolera los riesgos vicarios. Al fin y al cabo, como afirmaba Ricardo Piglia, el propio Finnegans no es sino el producto de una empatía secreta, la de un hombre que escuchaba atentamente a las mujeres, a una especialmente, cuyo lenguaje secreto viene a ser una versión psicótica del siniestro y seductor canto de las sirenas y un ejemplo de que, en ocasiones, los ejercicios de estilo son como los actos de amor: cargas heroicas en un callejón sin salida…