lunes, 16 de mayo de 2011

Arte menor


Según Vila-Matas, Marcel Schwob era un ser cambiante y fugaz, a punto siempre de doblar una esquina y perderse. Ese no ser y no estar como anticipación o retraso ya fue recogido por el joven Jules Renard en su Diario. Schwob -escribió entonces Renard- es un hombre aislado. Piensa que hemos llegado tarde y que después de nuestros mayores solo podemos hacer una cosa: escribir bien. Años después, Renard acude a velar el cadáver del que llegó a ser su amigo y le atribuye el aire encolerizado de ciertos muertos que se van demasiado pronto. Llegar demasiado tarde a la vida e irse demasiado pronto es un rasgo de cortesía que delata a los autores menores, cuya presencia no perturba nuestra idea del tiempo, sino que la cruza como un río subterráneo o como una sociedad secreta, que diría Borges. A pesar de su corrección, la distancia que impone esa cortesía se vive como una fría desesperación, la de dos murciélagos que quisieran salir volando por la ventana, escribe Renard en uno de sus encuentros con Schwob, donde queda patente la desolación del escritor despojado de sus laureles. Uno lee lo que V.M. escribe sobre el Viaje a Samoa, de Schwob, y le parece que ese relato hacia el corazón de las tinieblas (o hacia la tumba de Stevenson) bien pudiera ser el resultado de aquella noche de octubre de 1893 que Renard nos cuenta en su diario. En la vida de un autor menor, el vuelo desesperado de un murciélago sirve para darle impulso a una existencia que fluctúa, que aparece y desaparece, que se atrasa para escribir bien o que se adelanta para adquirir el aire encolerizado de ciertos muertos. Lo mismo le ocurre a Gombrowicz en su viaje de regreso a Europa, tras sus veinticuatro años de voluntario exilio en la Argentina. Su relato, recogido en un voluminoso dietario, también participa, como el de Schwob, de esos viajes que ya no se pueden realizar en barco y de las cartas que ya no se escriben en los barcos. También hay algunos episodios rocambolescos que sólo podían ocurrirle a alguien como Gombrowicz, un supuesto conde polaco que vivió su exilio argentino con demencia de hidalgo español; episodios como el de los doscientos cincuenta dólares misteriosamente robados, o el de ese ojo humano que aparece en la cubierta del barco como escapado de una escena de Un chien andalou. No dejan de ser historias que, como la enfermedad y los deslumbramientos de Schwob, presagian un final distinto al que anticipaba su aventura, un final imprevisto que convierte a su autor en intérprete de la adversidad, porque a fin de cuentas es a eso, a la adversidad, a lo que conduce el vuelo desesperado de un murciélago…