Veo Love in the afternoon mientras en las urnas se decide el futuro del país. La desconfianza y la pereza que me inspira la polis me sirven de excusa para demorarme en la encantadora comedia de Billy Wilder, para abandonarme, como Proust, a una especie de sensualidad mnemónica que percibo como la encarnación gozosa y palpitante de un tipo de belleza dolorosa. Casi todo lo que ocurre ahora, en esta tarde, reproduce esa dialéctica, el tiempo perdido y el deber cívico, la nostalgia y la indignación, la ingenuidad al uso y la necesidad tardía de ese entusiasmo primerizo, los ojos rasgados de Audrey Hepburn y la frente despejada de Gary Cooper, un playboy pasado de años, tantos que sus arrugas han de ser piadosamente difuminadas para poder enfrentarse a la virtud de una muchacha enamoradiza. A estas alturas, mi escepticismo también reclama ese leve sfumato, ese maquillaje temporal del desencanto que necesita un rostro de galán viejo y rijoso para vestir con decoro sus virtudes.
Vaya mañanita
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Hoy escribo sobre la trepidante mañana informativo-tuitera de ayer: en Jot
Down.
Hace 1 hora.


