miércoles, 11 de noviembre de 2009

Biografía no autorizada

Entre los deshechos de mi biblioteca encuentro un libro singular, una insustancial biografía de Evita escrita por un tal John Barnes hacia 1978. Apenas un par de años antes de su publicación, el cadáver de Eva Duarte llegaba al cementerio de La Recoleta tras su periplo post mortem por Génova, Milán, Bélgica, algún lugar de Alemania Occidental y Puerta de Hierro (Madrid), donde Perón vivía exiliado en compañía de sus satánicas majestades Mª Estela Martínez y José López Rega. Algunos de esos lugares son historia cierta, otros leyenda urbana, pero a un personaje como Evita le conviene que su éxodo sea una verdadera odisea homérica, por eso hay que multiplicar las estaciones de paso, y si es necesario, inventarle una leyenda de momia duplicada y ubicua, un modo irónico de cumplir esa voluntad apócrifa de volver y ser millones. Quien mejor supo hacerlo no fue Barnes, desde luego, pero tampoco Tomás Eloy Martínez, a pesar del viacrucis novelado de Santa Evita, extraña mezcla de reportaje y novela negra, con leves toques de realismo mágico que la propia realidad no supo (o no quiso) desmentir. Más cerca se quedó Néstor Perlongher después del escándalo que provocó Evita vive, un relato bizarro en el que la Santa regresa de la muerte convertida en una insigne pecadora que habita entre marginales. Dice Roberto Calasso que el sueño más antiguo y más cruel del mundo en el que vivimos es el de convertir al fantasma en cosa, en fetiche que permite apropiarnos de la cosa pensando que así poseemos al fantasma. Despreciando los lugares comunes de cualquier hagiografía, Perlongher convierte a Evita en víctima y cómplice de esa antigua crueldad. La Evita follada, apresada, robada, la Evita tratada como una chorra de tango, accesible a través del rapto y el estupro, que es como los dioses traban conocimiento con los hombres. Evita, como cualquier obra de arte moderno, es inagotable y banal; siempre reproduciéndose y proliferando, y al tiempo trivializándose, como uno de los personajes de la Historia de la humillación creciente, ese quimérico libro con el que Martin Amis pretendía explicar el declive moral y social de los personajes literarios; de dioses a reyes, de reyes a mercaderes, de mercaderes a vagabundos… nada que ver con el sublime dinamismo de las metamorfosis ovidianas. Más cerca de los hombres que de los dioses, la Evita de Perlongher pertenece a la canalla redentora de este fin de la Historia, donde su santidad asexuada y franciscana reposa a la espera de ulteriores transformaciones…