viernes, 20 de noviembre de 2009

Lectura flotante

Cesare Pavese (1908-1950)

“Diálogos con Leucó” es un libro árido, difícil, a qué negarlo. Lo frecuento en estos días, auxiliado entre otros por Robert Graves, porque no conozco a nadie que tenga todo el Olimpo en la cabeza, y además no es bueno que el lector esté solo… si puede evitarlo. Con Pavese en una mano y Graves en la otra, avanzo por la senda oscura del mito sin prestar demasiada atención, porque hay libros que hay que leer así, distraídamente, para que su misterio nos sea revelado donde no leemos, en esa especie de bajo continuo donde se improvisa el goce de cierta zozobra.
La lectura distraída, como aseguraba Gándara, no cristaliza en la página, sino en la pared de la casa, ese lugar propenso a los trampantojos que ahora se enluce para albergar oráculos y palinodias cuya violencia resulta piadosa, porque hace con el lector lo que hace con los seres atormentados que desfilan por estos Diálogos: despojarlo de incertidumbre. Al tratar con los dioses, incluso desde las páginas de un libro, uno compromete siempre su destino: “Los dioses no te añaden ni te quitan nada” –escribe Pavese– “Solamente, con un toque ligero, te clavan allí donde has llegado. Lo que antes era deseo, elección, se te descubre destino. Eso quiere decir hacerse lobo”.
Hacerse lector, a veces, es como hacerse lobo.

sábado, 14 de noviembre de 2009

País portátil

Ingmar Bergman en la isla de Fårö

La patria es el reconocimiento íntimo de un paisaje, no muy diferente, en ese sentido, a cualquier epifanía artística. Bergman tuvo esa intuición en la isla de Fårö; horizontes, sonidos, silencio, luz, reflejos… y ante ellos simplificación, proporción, tensión, respiración… Se me ocurre que el único propósito, el único sentido de esa magia doméstica es el de sustentarse en esa savia personalmente escogida de la que hablaba Maurice de Guérin; hacerse indescifrable, poderoso e indiferente, como un árbol, amparándose en un lenguaje que es como el ruido de las hojas: un viento, una respiración…

viernes, 13 de noviembre de 2009

Tormenta y calma

La más suave y blanda estación, el otoño —dice Pavesese establece con pavorosos sobresaltos, temporales enormes, tinieblas matutinas, torbellinos y destrozos de hojas que hacen entender cuánta violencia cuesta la madurez… La calma y el espanto están en esta cita, mezclando sus opacas densidades. Recuerdo un comentario al que Ferlosio aludía en su discurso de entrega del Premio Cervantes, versión 2004, y que podría aplicarse con igual fortuna a este estrago otoñal: el argumento se quedó parado y sobrevino la felicidad. Felicidad y calma son epílogos de un desastre y preludios de una decantación. Podemos transitar por su paisaje pisando cadáveres y a la vez sumidos en una encantadora ingenuidad, como la de Sergio Pitol y sus memorias fugadas. Pitol recuerda libros, ciudades y amistades con cierta candidez, como si nada le hubiese dañado jamás, como si el lobo de Hobbes no se hubiese cruzado nunca en su camino. Estamos acostumbrados a las memorias prematuras, escritas con un distanciamiento irónico que resulta amargo y autocomplaciente, y esta nostalgia entusiasta, que recuerda y celebra (que recuerda porque celebra), nos arranca una mueca de desaprobación, como si sólo se pudiera recordar con perfidia.
Me detengo ahora en los recuerdos italianos de Pitol, Venecia y Siena, principalmente, pero también Roma; ciudades visitadas por un joven que viaja con una enciclopedia en la cabeza y un agujero enorme en los bolsillos, cosa que parece causarle un severo malestar, pero que no impide el desarrollo de su vocación. Al igual que el gran charmeur que fue Diágilev, Pitol sabe que la necesidad sólo se hace virtud cuando se dispone de dinero, y en el arte todas las virtudes son corruptas. Hasta Fellini manifestaba abiertamente su deseo de trabajar a las órdenes de un tirano adorable; un Gonzaga, un Malatesta… ese era su anhelo, volverse renacentista a la manera en que uno quisiera volverse niño, porque en estos tiempos los mecenas quizás no sean tan pródigos, pero a cambio puede que se vuelvan más maternales; así, de un Médicis pasamos a la baronesa Pannonica de Koenigwarter, o lo que es lo mismo, de delinear los claustros de la abadía de Fiesole a preparar la cena para sesenta gatos y un músico de jazz. En contra del espíritu romántico, atinadamente rebelde, pero innecesariamente atormentado, este patronazgo regresivo (que no reaccionario), en el que la libertad individual se realiza dentro de una voluntaria sumisión. Hay dos clases de hombres, dice Pierre Michon, los que padecen el destino y los que eligen padecer el destino; en ambos casos, hacer lo correcto es obedecer a la fatalidad: perseverar en esa ocupación en la que intuimos una especie de gracia divina.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Biografía no autorizada

Entre los deshechos de mi biblioteca encuentro un libro singular, una insustancial biografía de Evita escrita por un tal John Barnes hacia 1978. Apenas un par de años antes de su publicación, el cadáver de Eva Duarte llegaba al cementerio de La Recoleta tras su periplo post mortem por Génova, Milán, Bélgica, algún lugar de Alemania Occidental y Puerta de Hierro (Madrid), donde Perón vivía exiliado en compañía de sus satánicas majestades Mª Estela Martínez y José López Rega. Algunos de esos lugares son historia cierta, otros leyenda urbana, pero a un personaje como Evita le conviene que su éxodo sea una verdadera odisea homérica, por eso hay que multiplicar las estaciones de paso, y si es necesario, inventarle una leyenda de momia duplicada y ubicua, un modo irónico de cumplir esa voluntad apócrifa de volver y ser millones. Quien mejor supo hacerlo no fue Barnes, desde luego, pero tampoco Tomás Eloy Martínez, a pesar del viacrucis novelado de Santa Evita, extraña mezcla de reportaje y novela negra, con leves toques de realismo mágico que la propia realidad no supo (o no quiso) desmentir. Más cerca se quedó Néstor Perlongher después del escándalo que provocó Evita vive, un relato bizarro en el que la Santa regresa de la muerte convertida en una insigne pecadora que habita entre marginales. Dice Roberto Calasso que el sueño más antiguo y más cruel del mundo en el que vivimos es el de convertir al fantasma en cosa, en fetiche que permite apropiarnos de la cosa pensando que así poseemos al fantasma. Despreciando los lugares comunes de cualquier hagiografía, Perlongher convierte a Evita en víctima y cómplice de esa antigua crueldad. La Evita follada, apresada, robada, la Evita tratada como una chorra de tango, accesible a través del rapto y el estupro, que es como los dioses traban conocimiento con los hombres. Evita, como cualquier obra de arte moderno, es inagotable y banal; siempre reproduciéndose y proliferando, y al tiempo trivializándose, como uno de los personajes de la Historia de la humillación creciente, ese quimérico libro con el que Martin Amis pretendía explicar el declive moral y social de los personajes literarios; de dioses a reyes, de reyes a mercaderes, de mercaderes a vagabundos… nada que ver con el sublime dinamismo de las metamorfosis ovidianas. Más cerca de los hombres que de los dioses, la Evita de Perlongher pertenece a la canalla redentora de este fin de la Historia, donde su santidad asexuada y franciscana reposa a la espera de ulteriores transformaciones…

martes, 3 de noviembre de 2009

Voz

Imagen: Edvard Munch. El grito (1893)

La voz humana, dice Pascal Quignard, es una sonata que se abre con gritos y se cierra con la rabia destimbrada de los moribundos; en medio las voces blancas de la angustia, el timbre metálico de los maníacos, las afonías terribles del desasosiego, la voz sorda de los depresivos… En medio del medio, donde la voz no duele, me gusta pensar que cabe este intermezzo
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Enlaces (proporcionados por Belnu):
http://vodpod.com/watch/1826242-anna-magnani
http://www.youtube.com/watch?v=RDSgpBoVcx0

domingo, 1 de noviembre de 2009

Escucho con mis ojos a los muertos…

Tumba de Robert Louis Stevenson. Foto: Simone Sassen

Tengo en mis manos una edición de bolsillo de Tumbas de poetas y pensadores, de Cees Nooteboom. La compré para satisfacer uno de esos desórdenes que forman parte de la debilidad de mi carácter, incapaz de distinguir entre una necesidad y un derroche. El producto de esa confusión se amontona a menudo en mi biblioteca y a veces se queda virgen, devolviendo el libro a lo que Borges decía que era: un prisma de seis caras rectangulares hecho de finas láminas de papel, carátula, epígrafe en bastardilla y prefacio en cursiva mayor. Así también las cuidadas ediciones de Aldo Manuzio, el gran impresor veneciano; objetos hermosos, aunque nos hablen de muerte. Mejor observarlos de lejos, ponerlos a salvo de nuestras sucias manos de lector, en la biblioteca, donde adquieren cierta belleza de pincelada gestáltica.
Como no hay cautela que no sea imprudente, tarde o temprano uno se atreve a leer los libros que escribió la Parca (y de paso a justificar sus dispendios). Abre sus páginas, pasea por sus jardines y se tropieza con seres que no conoce y de quienes cree saberlo todo. Ahí están los Brodsky, Wilde, Chateaubriand, Eliot, Kafka, Brecht… Me detengo en Borges, cuyo elogio alcanza la apoteosis del mismísimo Julio César en el repertorio ovidiano. Una estrella para Borges, pide Nooteboom bajo el cielo gallego, la certeza de algo cósmico. En ese reflejo imagino una especie de Walk of Fame donde estarían todos los damnificados del Nobel y aquellos que, como Ovidio, no creen que la muerte sea la última de las metamorfosis. (Yo, sin embargo, miro al cielo y tiemblo al pensar que el firmamento nos mira con ojos vacíos…).

Foto: Simone Sassen

Cortázar es otro de sus muertos amados, otro que podría tener su estrella en ese improvisado Hollywood Boulevard que es el cielo de Verín visto desde la Fortaleza de Monterrei. Nooteboom lo recuerda en uno de sus últimos viajes, entre París y Marsella, escribiendo un libro a cuatro manos y despidiendo a su esposa, la mitad del autor, que se le adelantó en la muerte. Deja uno de vivir (y de escribir) acompañado y se ve caminando por la vida sin muletas, acariciando con diminutivos el muñón de la melancolía. A este Cortázar último y éxposito le falta el par, le falta la rima, una rima que va buscando en apodos y nostalgias que lo devuelven a la Edad de Oro, como si ya supiera que, en el fondo, la literatura es la continuación de la infancia por otros medios (o por otros miedos)…
Cortázar, Borges, y también Hölderlin, Bernhard, Yeats… El inventario de los muertos es largo y la vida breve, más aún si la lectura se vuelve cómplice. Entre los muertos, el yo es un pronombre acosado, susceptible de entrar en la noche, como los románticos, entregándose desaforadamente a sus night thoughts, a la literatura sentimental y meditativa de una cosmología difunta. Decía Canetti que los libros representan una doble aventura, la del descubrimiento y la de la lectura que acontece años después, cuando el lector cede a ese impulso remoto como si fuera un delirio nocturno. No sabía Canetti de qué modo esa aventura nocturna aproxima la posesión ulterior a la verdadera muerte…