miércoles, 6 de enero de 2010

Elogio de la lentitud

Vladimir Nabokov (1899-1977)

Paso la Navidad en los anillos de Saturno, leyendo ¡por fin! el espléndido libro de W.G.Sebald sobre el condado de Suffolk. Me falta una visión de conjunto del corpus sebaldiano, así que en ausencia de esa totalidad me confío a los detalles, como postulaba Nabokov. Hablando de Nabokov, pocos escritores han dejado en mí una huella tan imborrable como la del autor de esa extraña novela, Pálido fuego, de entre las suyas mi favorita. Todavía siento cierta perplejidad cuando veo las versiones cinematográficas de Lolita; no entiendo que tanto Kubrick como Adrian Lyne se empeñaran en filmar como tragedia lo que no es más que una sórdida comedia, una perfecta broma en la que el verdadero espanto (y el gran acierto) surge del desenfado con el que se narra la depravación del pedófilo Humbert Humbert. Recuerdo ahora la visión de cartógrafo que Karl Schlögel aportaba a la lectura de Lolita; autopistas, moteles, cabañas, gasolineras, neones, autocines… el paisaje por el que huye la extraña pareja que conforman el pedófilo y la nínfula es también el mapa sobre el que se ha construído un país, un standard que fascina y a la vez horroriza al europeo, un paisaje que no puede domar la vieja cultura, sino el automóvil. A su modo, Nabokov fue un escritor on the road; recorrió los EE.UU. dando conferencias, cazando mariposas y parándose a escribir en el asiento trasero de un Buick de cuatro puertas. Bien pensado, Nabokov no podía haber escogido lugar mejor para concebir a su Lolita.

W.G.Sebald (1944-2001)

Si Lolita nació en el asiento trasero de un automóvil, Sebald, por su parte, encontró en la carretera una prematura muerte. Fue en aquel diciembre de hace ocho años, cuando le sobrevino un infarto mientras conducía. Las máquinas que hemos inventado –escribe Sebald– tienen, al igual que nuestro cuerpo y nuestra nostalgia, un corazón que se consume con lentitud… También el libro es una máquina que se consume con lentitud, y de ese cuajo se contagian personajes como las hermanas costureras, Clarissa y Christina Ashbury, o Alec Garrard, constructor de un imponente modelo a escala del Templo de Jerusalén. Son seres que, enfermos de lentitud, como el paseante Sebald, se entretienen en labores improductivas en las que se aprecia un hábito de resistencia, una épica inútil, un discreto camino de perfección. De las hermanas Ashbury nos cuenta Sebald que vivían en una finca irlandesa, dedicando su tiempo a coser fundas de cojines. De sus viejos sueños mercantiles, basados en la decoración de interiores, sólo queda ese simulacro, que hay que salvar de cualquier culminación, “Tal vez por ello volverían a deshacer al día siguiente o al próximo lo que habían cosido en una jornada. También es posible que en su fantasía tuvieran una vaga idea de una belleza de tal modo extraordinaria que los trabajos terminados les decepcionasen irremisiblemente”. Más descabellada, pero igual de inútil, es la tarea emprendida por Alec Garrard: la reconstrucción del Templo de Jerusalén, tal como se cree que era en el siglo X a.C. Aquí la lentitud se exaspera, prisionera del dato histórico y de la precisión maniática con la que Garrard pretende recrear cada miniatura. Resulta terrible y a la vez enternecedor imaginarse a este hombre, ya mayor, atenazado ante la perspectiva cada vez más real de que su pasatiempo se haya convertido, casi sin querer, en un trabajo de erudito; “Al final, todo nuestro trabajo no reside más que en ideas, ideas que se modifican de continuo con el paso del tiempo, por lo que es habitual que induzcan a echar de nuevo abajo lo que ya se tenía por concluido y volver a empezar. Probablemente no me habría aventurado a construir el templo si hubiera sabido las exigencias que me plantea un trabajo cada vez más desbordante y más minucioso”, confiesa Garrard, con una mezcla de hastío y confusión que en nada contradicen su orgullo…


Siempre me ha parecido que, en el fondo, el arte es un elogio de la lentitud, especialmente el arte de la novela, que es el que más frecuento. Muchos de sus desafíos son también sus peligros, entre ellos la expresión de una belleza decepcionada ante su final, o la exigencia de lo real, en forma de dato, que obliga a una constante refundación de sus postulados. Esto último me recuerda los trabajos y los días empleados por Flaubert en la paciente creación de sus hilarantes copistas, Bouvard y Pécuchet. El hiperrealismo, minucioso y documentado, es lento a su pesar; no reproduce, sino que multiplica la realidad, y por tanto parece destinado a la decepción y al fracaso, sensaciones que conozco bien, quizás porque yo, a diferencia de Flaubert, no he conseguido aún que la Naturaleza se acomode a mi plan. De una empresa como la de Flaubert queda una novela póstuma; de un empeño como el de Garrard queda un registro incompleto, una herencia, acaso una delegación. La lentitud no acaba con la obra, sólo la posterga, y entonces hay que confiar en que lo aleatorio, lo fortuito, venga a ponerle un final. Así también la vida, que al truncarse de ese modo se convierte en ensoñación. En la lentitud del escritor, del paseante, del modelista, de la costurera… irrumpe la velocidad de las cosas, y de ese desajuste proviene la muerte y la culminación de todo, o como se dice aquí: la tristeza cómica de una máquina orgánica que se detiene (el corazón de Sebald), metida dentro de otra que acelera (su coche).