lunes, 18 de enero de 2010

Vidas mayúsculas

Mi última lectura viene desde la noche o desde un cuadro de Rembrandt, que es de donde parece venir la prosa de Pierre Michon. Cada una de esas vies minuscules que atesora en su panteón familiar me concierne como algo propio; el huérfano Dufourneau o Antoine Péluchet, por ejemplo, podrían ser ese primo lejano o ese hermano mayor que sueña una vida mejor y se va tras su abismo, auspiciando en nuestra añoranza su mejor destino; los abuelos Eugène y Clara, esa clase de seres tan simples que son capaces de despertar en nosotros un relámpago de gratitud y amor tan limpios como el sol de la mañana, y al tiempo la mayor de nuestras indiferencias ante su muerte, tal vez por fidelidad a ese chispazo afectivo; los hermanos Bakroot, compañeros de pupitre que se odian como sólo se pueden odiar los de la misma sangre: con un amor de dientes rotos y pequeños hurtos que sólo se restituyen cuando la muerte rompe prematuramente el vínculo; el tío Foucault (nada que ver con el filósofo del mismo apellido), un santo analfabeto que prefiere dejarse morir a quedarse expuesto a un mundo donde todos, desde el médico hasta el panadero, le parecen eruditos… Son precisamente las tinieblas del viejo Foucault el contrapunto perfecto al imperfecto engaño de la letra que atormenta al joven Michon, un bufón embarcado en una Ópera Fabulosa. Escritor tardío, de esos que aparecen no para pedir permiso sino para impartir justicia, Pierre Michon me recuerda a un escritor todavía más rezagado: el elegante Gesualdo Bufalino, inédito hasta los sesenta años, y al que tan solo Leonardo Sciascia conseguirá sacar del anonimato e impulsarlo hacia una breve aunque perdurable gloria. El silencio de Bufalino, hecho de timidez y de temor a la miseria moral de la vida pública, tiene sin embargo poco que ver con el atormentado mutismo de Michon. De hecho, el silencio de Michon es un aullido, una orgía, un coma etílico, una imitación picaresca de la vida de los Grandes Autores, accesibles en todo menos en lo sagrado de su escritura. Rezarles vale de poco, sólo para volverse grotesco y piadoso, para impregnarse de ese olor a sacristía que acompaña a Michon hasta la edad madura y la voz anhelada. Cuesta pensar que de este infierno personal, donde todos los fuegos queman y ninguno alumbra, haya salido algo que siento tan íntimo, tan sereno, tan familiar; algo tan parecido a un hogar. Tal vez es porque entiendo (sin saber explicarlos, o precisamente por no saber explicarlos) sus ritos, sus silencios, su tránsito sin esperanza, y todo ello sin haber compartido su despojo o su disparate. Si algún sentido tiene para mí la palabra epifanía, es precisamente el de esa manifestación menesterosa que va de la nada a la nada, de la impotencia a la gloria, hasta hacer plenitud de ese instante vacío en el que nada se muestra y todo se dice. Y no hay nada más, sólo la página verdadera, aquélla donde ya no está la afectación mentirosa del aprendiz o el amante, su épica atormentada, en la que no hay nada verdaderamente salvaje, nada verdaderamente audaz, nada verdaderamente sagrado. Nada más, sólo el milagro: Rimbaud -cuya lengua, dice Michon, se dirige directamente a Dios-, pero también el agónico Foucault, a quien hasta su propia agonía le parece un saber antiguo, un arcano cuya oscuridad protege la pureza del canto, una pureza que produce indefensión. No es extraño que Michon se mire en estos dos espejos incorruptibles, la vejez y la infancia, y que de su mirada quede esa prosa exquisita y condensada que evoluciona como el vuelo de un ave; a veces la pierdo de vista, pero pronto vuelve a aparecer, recordándome -también en el estilo- que la naturaleza del ángel es la caída.