jueves, 4 de febrero de 2010

Café y aceitunas

Me entretengo leyendo una y otra vez la entrevista a Claudio Magris del pasado sábado. Conviene poner atención, porque nada de lo que Magris dice es inútil. Es como asistir a clase de un viejo maestro, donde el aprendizaje da cuenta de una antigua amistad, de modo que todo lo que leo me deja una sensación cercana, como si actualizara un recuerdo imposible. Al comienzo de la entrevista se lee: “Encuentro a Claudio Magris en la Universidad y nos vamos al San Marcos, el café donde comienza precisamente uno de sus mejores libros: Microcosmos. Allí, il professore, como todos le llaman en Trieste, tiene reservada una mesa que se conserva invariablemente vacía hasta que éste, a cualquier hora del día, llega, se sienta y trabaja. Los camareros lo saludan y le traen aceitunas, café, pan. Él devuelve el saludo y me invita. Por cada pregunta que hago, Magris estira la mano y coge una aceituna. Una pregunta, una aceituna, me dice. Las aceitunas son como la vida, vuelve a decirme: si las exprimes mucho, se secan. Y sonríe”… Las he contado: once preguntas, once aceitunas… Por un momento no quiero seguir leyendo, pienso que si sumase la luz velada de este día de invierno al pan y las aceitunas del café San Marcos se podría componer un bonito haiku. No hace tanto solía escribir estas breverías en una mesita de café, junto a un pequeño y extraño ventanal, mezcla de tragaluz y ojo de buey, que convertía el café en un desván o un camarote, un lugar solitario y bullicioso, sin que ambos términos sean excluyentes, porque a veces sólo hay soledad donde hay ruido. Era un lugar muy diferente al que se alude aquí y en las páginas de Microcosmos, la mesita de mármol del café San Marcos, con el pie de hierro colado que acaba en un pedestal apoyado sobre garras de león, pero su efecto era el mismo: café, aceitunas y palabras, muchas de ellas vertidas en cartas que fui escribiendo y rompiendo, casi a la par, sabiéndome incapaz de soportar la nostalgia cuando va acompañada de los ripios de la juventud. Me duelen más las palabras feas que las amargas; debe ser cosa de la edad… Pero hablando de cartas, leo lo que Magris dice sobre su antigua amistad con Isaac Bashevis Singer. Siempre me ha gustado esa vieja y por desgracia desterrada cortesía epistolar entre desconocidos que se admiran. El modo más civilizado de entrar en casa ajena es por la ranura del buzón; es un modo civilizado pero también humillado de darse a conocer, y esa humillación a mí me produce una gran ternura; carece de la intimidante prepotencia que se estila en las relaciones sociales de hoy en día. Uno empieza por escribirle a un padre, a un maestro, y así consigue un amigo. A veces las relaciones necesitan de la distancia y la ausencia para prosperar, algo de eso decía Piglia al analizar el género epistolar. Anoto esto y a renglón seguido (¡menuda ironía!) me encuentro leyendo ya las primeras páginas de ese libro epistolar en el que Michel Houllebecq y Bernard-Henri Lévy se convierten en enemigos públicos. Estoy deseando leerlo; me siento intrigado por los poderosos lazos de amistad que puede crear el odio recíproco, aunque por lo visto hasta ahora hay demasiada autocomplacencia en esa voluntad de desagradar que ambos publicitan, y demasiado cálculo. Empiezan torturándose y no tardan en consolarse, conscientes de estar solos ante el mundo, conscientes también de que su espectáculo interesa, pero no conmueve. Lo que se dicen, lo que se cuentan, me demuestra que la cultura, cuando no paga el precio del desarraigo, se convierte en el dogma de una minoría disgustada, y a esa minoría no quiero sumarme por ahora. Prefiero seguir leyendo lo que dice Magris, lo que enseña Magris. Y venga otra pregunta. Y otra aceituna…