domingo, 7 de febrero de 2010

Canto castrato

Imagen: Martin Amis (Oxford, 1949)

En pocos pasajes de Experiencia, la autobiografía de Martin Amis, estilo y moralidad están tan ajustados como en el célebre episodio de la dentadura. Digo estilo y moralidad como verdad literaria, más allá de cualquier tipo de decencia al uso. Tal cosa se podría decir de Nabokov, en ese sentido (en el sentido de Amis) el autor más moral del pasado siglo, a pesar de Lolita (o precisamente por Lolita); y de Samuel Beckett, el más inmoral de todos, si atendemos a la continua agresión que su fraseo produce en el fino oído del autor de estas memorias. De su penitencia bucal, Amis extrae (nunca mejor dicho) un relato tragicómico, lleno de punzantes epifanías en las que se miden el hallazgo estético y el dolor físico, esa clase de dolor despojado que no nos deja saber dónde acaba lo heroico y empieza lo ridículo. No es difícil imaginar a nuestro hombre tratando de comportarse estoicamente en ese potro de tortura que es el sillón del dentista, lo difícil es imaginar la clase de lucidez, la clase de verdad literaria que se le puede arrancar a un dolor de muelas. Tal vez para animarse, Amis emprende una somera búsqueda de antecedentes ilustres, de grandes escritores con dentaduras devastadas, haciendo buena -también en esto- la máxima borgeana de que cada escritor crea sus precursores. Ya sé que toda pretensión de hacer un catálogo exhaustivo es una tarea que choca con el infinito, pero como ejemplo ahí están James Joyce y otra vez Nabokov, dos prosistas exquisitos, tres con Martin Amis. No sé si tres son suficientes para elevar la anécdota a categoría, pero para consolar a Amis (puedo imaginarlo ya sin dientes, con la boca convertida en algo parecido a una casa sin muebles) bien podríamos decir que hay una relación directa entre la prosa de calidad y el dolor de muelas. No hay que escandalizarse, muchas de las deducciones científicas de nuestros días se basan en un muestreo más raquítico que este, en el que no sólo hay que considerar el número de individuos, sino la cantidad de páginas que hay que leer para poder formarse una opinión tan arriesgada. La incursión de Amis en los padecimientos físicos de sus -llamémosles así- precursores, constituye un verdadero deleite literario, mezcla de exégesis y narración, con leves toques de humor, de ira y de freudiana sexualidad. No es de extrañar que en medio de todo este martirio aparezca una discusión entre padre e hijo a propósito de Nabokov y la presunta inmoralidad de su estilo. Hasta llegar a la diatriba anti-nabokoviana del viejo Kingsley Amis (Edipo asoma), Amis hijo hace un imaginativo ejercicio de crítica literaria, contrapunto perfecto de cierta hipocondría. A veces olvido que mi escritura también tiene estos antecedentes, que nació de una mezcla de dolor físico y moral para el que no he encontrado todavía estilo (y por tanto moralidad). Me pregunto si este podría ser el camino para exorcizar ese mal: rastrear debidamente su linaje literario…

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Termino ya, pero no sin antes transcribir este ejemplo de estilo y moralidad que destila la prosa del doliente Amis:

“Lo reconozco: lo sé todo sobre la maestría musical de los dolores de muelas. Sus metales, sus vientos y percusiones, y, sobretodo, sus cuerdas, sus cuerdas… (el «concerto para chelo» de Bach -cuando lo oí recientemente en una sala de conciertos- se me reveló como una impecable transcripción de un dolor de muelas: la persistencia, el irresistible poder de persuasión). Los dolores de muelas pueden tocarse staccato, glissando, accelerando, prestissimo y, sobretodo, fortissimo. Pueden ser rock, blues y soul; pueden convertirse en doowoop, en bebop; en heavy-metal, en rap, en punk y funk. Y, tras todo ese fragor anárquico siempre hay una sola, suave, insistente voz, siempre audible a mi imaginación servil: el trágico lamento del castrato”.