miércoles, 17 de febrero de 2010

Je me souviens

Imagen: Marcello Mastroianni en Otto e mezzo (1963).

En esa ambición que Fellini tenía de verlo todo y representarlo todo, el mundo se me antoja más inmediato que la vida, que parece inabarcable, y a veces hasta insondable. Parece mentira que de esa paradoja no haya salido un moralista, sino un epicúreo capaz de transferir ese carácter festivo a su obra, incluso en sus pasajes más sombríos, en los que parece germinar un ideal de vida pagana; algo sensual y alegre. Los delirios fellinianos me recuerdan aquello que decía Flaubert de que la estética es una justicia superior. No caben ahí los actos de contrición, sólo las obras maestras, entre ellas la sonrisa galante de Mastroianni, cortejando la vida. Días atrás le echaba un vistazo a Mi ricordo, sì, io mi ricordo, un libro de memorias que en realidad es la transcripción de una serie de conversaciones con Mastroianni. Un libro que no se escribe; un libro que se habla. Las biografías escritas no dejan de ser un intento de detener la fluidez de la propia vida, de imponerle una trama manida y un sentido un tanto maniqueo. Siempre me ha parecido que al escribir una parte de nosotros nunca llega a hacerse adulta, así que no acabo de entender por qué razón al enfrentarse al pasado se convierte uno en un ser morigerado y triste que necesita de toda esa muerte para consagrarse sin esperanza y sin humillación, como el amor de Borges en las páginas de El Aleph. Por suerte, el retrato que Mastroianni deja de sí mismo es como un guión de Fellini, inexistente, improvisado, espontáneo, fresco… y así resume al propio Fellini, sin tener que hablar de dolores secretos y de complejos de culpa cuya desaparición, aseguraba Vittorio Gassman (otro seductor), es la verdadera señal de que uno ha empezado a envejecer.