sábado, 20 de febrero de 2010

Je me souviens… une autre fois

Imagen.: La eternidad y un día, de Theo Angelopoulos (1998)

No sé si era muy prudente quedarse de madrugada viendo cine. Pensaba viajar temprano y necesitaba mis horas de sueño. La película en cuestión, además, era de un lirismo hiriente; “La eternidad y un día”, de Theo Angelopoulos, una de esas historias que proyectan una sombra alargada sobre las cosas íntimas y las arropan con su tiniebla. Me pasé todo el día evitando su recuerdo (a pesar de los efectos pitagóricos de la música de Eleni Karaindrou), y para conseguirlo lo hice todo aprisa, el viaje, la comida, el paseo, la tertulia familiar… Así hasta llegar a la mesita del café Real (mon café de la jeunesse perdue), donde se puede improvisar la calma coral de un interludio. Al regresar a casa, a la primera casa, vuelve uno con la sensación de que nada queda por añadir a su vieja historia, y para amplificar ese vacío finge, como en el canto XIII de la Odisea, cuando Ulises y la diosa Palas Atenea juegan al engaño, coquetean con él, como seductores, como pícaros, aunque ellos jueguen al encubrimiento y yo a la postergación. Confieso que ese pasaje me encanta, uno llega a su lectura henchido de simpatía por el afligido Odiseo, y por encima de todo desea un happy end al uso para redondear la historia, dejarse acosar por lo primario y provocar una respuesta sentimental que le sirva para salir del atolladero. El encuentro entre diosa y hombre es tan excitante como los preliminares del acto sexual, retarda el placer e instruye en su conocimiento, de ese modo uno es más feliz siendo más sabio. Sin llegar a tanto, yo también me regalo astucias para caer luego presa de la melancolía un tanto afectada a la que me incita el revisitado rostro de mis lares loci. La prisa es mi astucia, y me conviene esa astucia, porque la quietud es síntoma de desastre; se detiene uno y enseguida le alcanza la onda expansiva de todo lo que dejó preterido. Ahí estaba pues, en mi sosegado e inquietante interludio, con la vista perdida en la inmensa lámpara de cristal que cuelga del techo del Café, como una lágrima votiva y sucia. Contaba las bombillas fundidas, ojos de cristal en un rostro ciego. Afuera, la calle estaba tomada por las máscaras del carnaval, una fiesta estúpidamente transgresora que me hizo pensar en Tanizaki y en Kawabata y en la verdadera transgresión, que tiene lugar en la oscuridad del mundo, aquí mismo. Mirando la lámpara, su fulgor de luz refractada, me alcanzaron las imágenes de anoche, el rostro de Bruno Ganz haciéndose las preguntas ineludibles y eternas del último día:

¿Por qué tenemos que pudrirnos indefensos, entre el dolor y el deseo?
¿Por qué he vivido en el exilio?
¿Por qué sólo regresaba cuando se me concedía la gracia de hablar mi lengua?
Cuando reencontraba palabras perdidas o extraía del silencio palabras olvidadas…
¿Por qué sólo entonces oía el eco de mis pasos?

Ante la falta de respuestas, sorbí mi café y volví enseguida a mis astucias…