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EL ACTO Y LA PALABRA

La tragedia de la palabra, si hacemos caso a Angélica Liddell , estriba en la banalidad que hace posible una acción. Pensemos en Canetti, a quien Liddell cita:  ″Ya no hay nada que hacer, si de verdad fuera escritor debería poder impedir la guerra″ . En esa inmensa caja de resonancia que es la literatura, las palabras de Canetti me traen el eco distorsionado de las de Emmanuel Carrère:  ″Me gusta que la literatura sea eficaz, me gustaría igualmente que fuese performativa, el ejemplo clásico de lo cual es la frase:  «Declaro la guerra» : desde el instante en que la pronuncio, la guerra está declarada. Cabe sostener que, de todos los géneros literarios, la pornografía es el que más se acerca a este ideal, leer  «te humedeces» , te hace humedecer″ . Entre la pornografía y la guerra, entre la  humedad  que busca Carrère y la salvación que pretende Canetti, se abre ese abismo de banalidad que nos lleva a la tragedia, a la verdadera herida del lenguaje, que supura esa facilidad pornográfica

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